sábado, 25 de noviembre de 2017

¿EXIGIR, O EXPLOTAR?

El que lidera debe comprender las necesidades y prioridades de quienes le siguen





La semana pasada, el dominical de un periódico dedicó un artículo a la motivación de los trabajadores que tienen un jefe apasionado, adicto al trabajo, que exige una dedicación de entrega casi completa. Planteaba un caso concreto en el que no es fácil seguir el altísimo nivel de exigencia de un director que considera al trabajo “como a un hijo” para el que, al igual que a este, hay que darlo todo de manera prioritaria.  

No cabe duda de que los jefes apasionados por su trabajo pueden transmitir a sus subordinados emociones positivas que favorezcan su rendimiento y satisfacción y, como consecuencia de ello, la obtención de buenos resultados. La pasión o, al menos, una dosis generosa de entusiasmo, es un ingrediente esencial en cualquier proyecto que pretenda tener éxito, pero siempre que se administre en la dosis adecuada en función de la situación, el momento y las circunstancias de la personas implicadas. Sin embargo, se puede volver en contra cuando se tira del carro más de la cuenta a un ritmo que no sintoniza con el que los demás pueden o están dispuestos a soportar, o que en cualquier caso, debido al desgaste que provoca, no es aconsejable para garantizar el máximo rendimiento a medio/largo plazo.

Puesto que necesitamos trabajar, no siempre podemos abandonar el barco que no nos satisface, lo que supone, tal y como sugiere ese artículo, que si tenemos un capitán cuya pasión nos arrolla, no nos queda más remedio que adaptarnos a él so pena de que nos deje en tierra o nos tire al mar. Trabajar y ganar dinero es una prioridad, y por eso, salvo excepciones, no hay otra que ponerse las pilas y, mientras se pueda aguantar, seguir el ritmo que el patrón marca. “Están tan motivados que trabajan 12 horas diarias o más”. ¿Motivados? ¿O cautivos? Evidentemente, si somos tan apasionados como el jefe y nos va esa marcha, miel sobre hojuelas; aunque no por eso deja de ser desgastante el exceso, y son muchos los workaholics cuyo rendimiento y salud acaban deteriorándose. 

Ese artículo me hace recordar la desafortunada metáfora del cerdo y la gallina que usan algunos “gurús”. Se pregunta quién se implica más en el desayuno (anglosajón), ¿el cerdo, o la gallina? Y la respuesta habitual es que el cerdo, ya que para proporcionar el beicon lo da todo, mientras que la gallina aporta los huevos con un sacrificio menor. La ¿ingeniosa? conclusión provoca, o al menos eso pretende, que los asistentes reflexionen sobre si son más cerdos que gallinas o al contrario; y, en caso de liderar equipos, sobre qué son sus subordinados: ¿Quiénes son los cerdos? ¿quiénes son las gallinas? ¿tengo más cerdos, o más gallinas? ¿qué puedo hacer para que las gallinas se conviertan en cerdos? Sin duda, a ese jefe apasionado que arrastra a quienes no tienen más remedio que seguirle, le encantará tener una piara repleta de cerdos, y más tarde o más temprano, querrá deshacerse de las gallinas que no sean capaces de transformarse.

La metáfora sería divertida si no fuera por la falta de respeto que conlleva clasificar a las personas entre cerdos o gallinas y, sobre todo, porque hay mucho iluminado que se lo toma en serio. Conocí a un directivo al que vendieron esta moto. A la semana siguiente reunió a sus subordinados para compartir el ingenioso descubrimiento y decirles que a partir de ese momento, "sólo quería en su equipo a verdaderos cerdos”. “Tenemos que ser ambiciosos, y las gallinas no tienen sitio aquí. Si queremos conseguir los objetivos, tenemos que ser cerdos y sólo cerdos”. Brillante.

¿Realmente aporta más el que, como el cerdo, lo da todo una sola vez, o el que, como la gallina, es consistente y contribuye todos los días con un producto de calidad? ¿Preferimos a empleados de usar y tirar que lo sacrifican todo y se queman pronto, o a los que gracias a una vida equilibrada y feliz, garantizan un rendimiento alto y fiable tanto a corto como a medio y largo plazo? Exigir no equivale a explotar. El que dirige debe estimular la ambición y evitar el acomodamiento de quienes lidera, y por tanto, tiene que exigir; pero no por exigir más, hasta el punto de explotar, el rendimiento es mejor. A veces, puede serlo en cuanto a cantidad y a corto plazo; pero en calidad y a medio plazo, no.

Muchos directores no distinguen entre el producto final y el proceso que conduce a este. Se puede ser ambicioso, muy ambicioso, respecto al producto final, pero eso no quiere decir que el mejor proceso sea machacar a la gente; más bien, al revés: se saca lo mejor de las personas cuando a estas les satisface el equilibrio entre su actividad profesional y su vida personal; cuando no ven el trabajo como, simplemente, una forma de ganar dinero, sino además, como fuente de buenas experiencias y crecimiento personal; cuando se sienten personas dignas que verdaderamente importan como tales más allá de su rendimiento laboral.

Los directores que entienden esto, ya sea en la empresa, el deporte, la educación o cualquier otro entorno, y actúan en consecuencia, involucran mejor a los suyos en los proyectos comunes y casi siempre consiguen un rendimiento mejor. Sin embargo, existen bastantes casos en los que a aquellos que mandan, todo esto les importa un pimiento. Su política es de usar y tirar, de exprimir todo lo posible y sustituir al que flaquee y ya no pueda seguir el ritmo.

En el conocido libro de Dominique Lapierre, La Ciudad de la Alegría, que más tarde se llevó al cine, a Hasari Pal, padre de una familia muy pobre que vive en la miseria de Calcuta, por fin le llega la oportunidad de mal ganarse la vida tirando de un carrito que transporta gente. Es una actividad física muy dura que afecta gravemente a la salud de quien la realiza, y la ocasión se presenta cuando el que lo conducía antes, cae definitivamente enfermo; algo que más adelante, le ocurre también a él. Cuando esto último sucede, Hasari entrega el carrito que le ha consumido y ve que le llega el turno a otro hombre sano que como le sucedió a él, lo espera como agua de mayo. Sin ser tan extremas, por supuesto, ya que al menos en el primer mundo existen los derechos de los trabajadores, en la empresa y el deporte existen situaciones análogas que propician jefes como el de ese artículo.  Los supervivientes, continúan; y a los que no resisten, se los sustituye. A esos jefes no les preocupan las bajas; siempre hay candidatos esperando a que quede un carrito libre.

Pero, ¿dónde están el respeto y la ética que merece un ser humano? ¿El fin justifica cualquier medio? ¿Justifica, por ejemplo, que haya que estar contestando los emails del jefe a las once de la noche o los domingos por la tarde? Desde luego, hay situaciones excepcionales que así lo requieren, y cualquier trabajador implicado lo entiende y echa el resto cuando verdaderamente hace falta. Otra cosa es que se convierta en norma; que la vida privada del subordinado siempre esté en segundo plano. Qué el jefe sea un adicto al trabajo no justifica que los demás tengan que seguir su ritmo. Muchas cosas no son tan urgentes y pueden esperar al día siguiente. Bastantes veces, más que en algo objetivo, la urgencia parte de la ansiedad de quien manda, su deseo de cerrar asuntos y su mal uso del poder sobre sus subordinados. Muchos directivos lo hacen sin darse cuenta, sin mala intención; simplemente, asumen como algo natural que los demás deben seguir el ritmo que a ellos les va bien. Sus jefes lo hacen con ellos; y ellos lo hacen con los suyos.

¿Es extraño que se fuguen talentos cuando tienen la oportunidad de hacerlo? Hoy en día las empresas se esmeran por captar talento, pero no basta con eso. Después, es necesario cuidarlo, y eso implica tener muy en cuenta el factor humano, la importancia de compaginar el trabajo con la vida personal, de sentirse una persona digna cuyo tiempo privado se valora.

Una de la principales habilidades de quienes dirigen a otros es ponerse en el lugar de estos, comprender sus necesidades y prioridades y ayudarles a regular su esfuerzo. Otra es controlar su propio entusiasmo y su propia ansiedad para que estos no guíen su forma de exigir a sus subordinados. Los cerdos están bien para los que les gusta desayunar con beicon, y por supuesto, para disfrutar de uno de los manjares más exquisitos: el jamón; pero sobran en los equipos. En estos necesitamos personas capaces que se involucren saludablemente y den lo mejor de sí mismas sin tener que ir al matadero. Exigir, sí; pero no explotar.


Chema Buceta
25-11-2017

Twitter: @chemabuceta




viernes, 22 de septiembre de 2017

UN BLANCO FÁCIL

                                                          ¿siempre culpables?


Un año más he tenido el privilegio de trabajar con los árbitros internacionales de baloncesto, esta vez en el reciente Eurobasket celebrado en Turquía. Cuando lo hice por primera vez en 2007, no fui consciente de todo lo que aprendería y disfrutaría ayudándoles a optimizar su rendimiento incidiendo en los aspectos psicológicos. 10 años más tarde, tras haber participado en seis Eurobaskets masculinos, cuatro femeninos, un mundial masculino y los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro, puedo concluir que ha sido y sigue siendo uno de mis retos profesionales más interesantes y gratificantes como psicólogo del deporte.

Cuando un jugador falla un tiro fácil debajo del aro, tiene un porcentaje de acierto muy bajo desde la línea de tiros libres, no llega a tiempo a una ayuda en defensa o no impide que le quiten el rebote, algo que es habitual en casi todos los partidos, se asume, como así es, que esos errores forman parte del juego y, por tanto, se perdonan. Sin embargo, un solo error del árbitro en ese mismo partido, se puede llegar a magnificar hasta hacerle responsable de una derrota a la que los desaciertos propios de los jugadores y el entrenador han contribuido mucho más. Es sencillo criticar a los árbitros. Son humanos; y al igual que los demás protagonistas, se equivocan; aunque mucho menos que quienes pierden balones, fallan canastas o desperdician los tiempos muertos. El árbitro es un blanco fácil, pues no tiene seguidores a los que dorar la píldora ni nadie que le defienda, y por su cualidad de figura neutral, se mantiene en el anonimato y aguanta carros y carretas de quienes se ensañan cobardemente con el respaldo de un medio de comunicación, un club o una masa social a la que se contenta dándole caña. Un blanco fácil e injusto.

La falta de respeto al árbitro está presente sobre todo en el fútbol. Allí, presidentes, entrenadores y jugadores  de los principales equipos, junto a los medios de comunicación que pretenden vender sus tertulias y periódicos a los seguidores acérrimos, actúan irresponsablemente dando lugar a numerosos imitadores en las categorías menores, donde los árbitros son auténticos héroes y, cada vez con mayor frecuencia, asistimos a espectáculos lamentables de insultos, vejaciones y agresiones. Menospreciar y humillar al árbitro es lo normal, lo que se hace en los grandes estadios, lo que con su falta de respeto, se fomenta desde los niveles más altos. Hay muchos ejemplos. Uno de ellos, por ser reciente y de un jugador muy mediático, es el de Cristiano Ronaldo esta misma temporada. Empujó a un árbitro y le penalizaron con cinco partidos, la sanción mínima en estos casos, perdiéndose la oportunidad de un castigo verdaderamente ejemplar. Pero lo peor fue que el director de un periódico se permitió escribir que era una sanción muy dura “por casi nada”. Sin comentarios. ¿Sería extraño que a lo largo de la temporada, jugadores de categorías regionales y locales, entrenadores y padres  enfurecidos agredieran al árbitro? No sería la primera vez. Sin duda un blanco muy fácil para justificar las deficiencias propias y tapar la frustración de sentirse incompetentes. Pero si lo hacen los que están arriba...

En el último Eurobasket, los árbitros han sido un blanco fácil para quienes han pretendido atacar a la federación internacional por otros asuntos. Al no estar presentes los que arbitran en la Euroliga, algunos han despreciado injustamente a los que acudieron a la cita, cuando muchos de estos han arbitrado antes en Juegos Olímpicos, Copas del Mundo y otros Eurobaskets, y su nivel no es inferior al de los ausentes. Es cierto que han faltado árbitros con experiencia y prestigio, al igual que ha sucedido con algunos jugadores, pero no por eso, todos los que han arbitrado tienen un nivel más bajo. Aunque si se trata de sacar punta, siempre es fácil con los árbitros. Pasó, por ejemplo, en la semifinal de los Juegos Olímpicos entre Estados Unidos y España, donde se les criticó mucho a pesar de ser de los de mayor prestigio, lo que demuestra que si se les quiere criticar, da igual quién sea el árbitro: se apunta al blanco, se dispara y ya está. Da igual que sea justo o injusto. Y se queda bien con quienes quieren oír cómo se machaca al que no puede defenderse. En España somos muy dados a criticar al árbitro cuando perdemos o las decisiones de este no nos favorecen. Si es al revés, no decimos nada, claro; pero cuando es en contra, enseguida apuntamos al blanco  Pasa en muchos deportes. No tardamos en sentimos perseguidos por una conspiración mafiosa antiespañola o algo así. Es parte del guión de muchos comentaristas y periodistas que se convierten en hinchas irracionales o creen que su cometido es alimentar a estos echándole leña al fuego. Muchos sentimos indignación y vergüenza ajena por ese comportamiento cobarde que además de innecesario, es un insulto a la inteligencia del espectador maduro. Evidentemente, si el árbitro se equivoca, es razonable señalarlo; pero sería deseable que se hiciera en la medidad apropiada, no exagerando ni buscando confabulaciones donde no las hay, y siempre con el mismo respeto que sin embargo se tiene cuando se equivoca un jugador o un entrenador.

En este Eurobasket, aprovechando las circunstancias, algunos han magnificado los errores de los árbitros. Sin embargo, la realidad ha sido que en general, sus actuaciones han estado al nivel que exigía el campeonato.  Errores aislados, por supuesto. Lo contrario sería una fantasía. Pero globalmente, buenas actuaciones y muchas de ellas muy buenas con un excelente trabajo en equipo, tal y como certifican numerosos comentarios muy positivos. Turquía, por ejemplo, jugando en casa, ha perdido cuatro de sus seis partidos, y sin embargo, de su parte no ha habido críticas negativas a los árbitros, sino al contrario. ¿Lo podrían haber hecho mejor? Siempre se puede. Pero eso no quiere decir que lo hayan hecho mal. Por ejemplo, se dice que España ha hecho un buen campeonato, algo que comparto; pero eso no significa que no haya cometido errores y existan aspectos en los que se podría mejorar. Lo mismo se puede decir de los árbitros.

Hoy en día, los árbitros internacionales (al menos en el baloncesto y el fútbol, pero seguramente, también en otros deportes que conozco menos) son profesionales que se cuidan y preparan a conciencia. Entrenan físicamente y controlan su alimentación y la prevención de lesiones para estar en forma y responder a las demandas de los partidos corriendo y minimizando el cansancio. Trabajan para mejorar la técnica de arbitraje: su posición en el campo, la toma de decisiones, el control del partido, la coordinación con sus compañeros, etc. Estudian su deporte desde la perspectiva de los entrenadores y los jugadores. Desarrollan habilidades psicológicas para controlar el estrés, mantener la concentración, comunicarse mejor con los entrenadores y los jugadores, trabajar en equipo y estar ágiles para comprender las necesidades del partido. Preparan cada partido utilizando videos e información sobre los equipos al igual que hacen estos. Analizan sus actuaciones con un espíritu crítico para poder mejorar. Y al igual que los jugadores, reciben feedback y directrices de sus entrenadores (instructores) y están expuestos a la evaluación de sus directores. Pueden arbitrar con mayor o menor acierto, pero merecen respeto y reconocimiento por su alto compromiso con su profesión y su deporte y su gran determinación por aportar el liderazgo eficaz que exigen los partidos al más elevado nivel.

La ignorancia conduce al atrevimiento de criticar a destajo, pero cuando estás dentro, como es mi caso en los últimos 10 años, te das cuenta de la intensidad y responsabilidad con las que los árbitros viven la dedicación a su deporte, cómo se esmeran por mejorar, asumen la trascendencia de sus actuaciones y dan lo mejor de sí mismos como cualquier otro deportista que persigue la excelencia. Evidentemente, como sucede con los demás actores, hay árbitros más y menos involucrados con su profesión, pero en general, los que están arriba suelen ser un ejemplo de dedicación, compromiso y responsabilidad.

Chema Buceta
22-9-2017

Twitter: @chemabuceta

domingo, 6 de agosto de 2017

EL HÉROE Y EL VILLANO

                                                      Lo cortés no quita lo valiente




La gran noticia del deporte, hoy, más (afortunadamente) que nos sigan dando la tabarra con el fichaje de Neymar o nos cuenten cómo Cristiano Ronaldo se ha cepillado los dientes, es la derrota de Usain Bolt en la final de los 100 metros del campeonato del mundo de Atletismo que se celebra en Londres. Justin Gatlin ha sido el vencedor, el único que, desde 2008, ha sido capaz de batir a Bolt en una competición de este calibre. Pero la noticia es la derrota de Bolt: el héroe; y sólo en relación con esta, la victoria de Gatlin: el villano. Hasta cierto punto es lógico. Bolt es el velocista más grande de la historia, y así lo reconoció el propio Gatlin arrodillándose ante él tras haberlo vencido. ¡El vencedor se arrodilla y venera al derrotado! Un gesto sin par que muestra la grandeza de ambos, del deporte en su más pura esencia y, por supuesto, del atletismo, donde siempre encontramos extraordinarios ejemplos de maridaje entre la más exigente competitividad, el compañerismo entre los rivales y una exquisita deportividad.

Gatlin no es un desconocido. Con solo 22 años, fue campeón olímpico del hectómetro en Atenas-2004 y, al año siguiente, en Helsinki, campeón del mundo en 100 y 200 metros. Después, sancionado por dopaje, no pudo competir hasta 2010, cuando ya Bolt era el rey indiscutible en ambas distancias. Desde entonces, siempre a la sombra del jamaicano, al que derrotó en un encuentro de la Diamond League en 2013, ha sido segundo en casi todos los pódiums importantes. Por tanto, si alguien podía vencer al grandísimo Bolt era él, aunque ya con 35 años, nadie daba un euro por tal hazaña y el acento se ponía en Christian Coleman, de 21 años, como la gran amenaza que, como siempre había ocurrido, acabaría siendo superada por el legendario campeón. Ese era el guión. El que la mayoría, incluidos los gurús del marketing, esperaba ver ¿por última vez?

Bolt anunció que con casi 31 años, esta sería su última participación en un evento de tanta envergadura. ¿Demasiado mayor? Sus marcas en los últimos años indican que ya no es el “extraterrestre” de antaño, pero no justifican una retirada que sólo tiene la explicación del hartazgo, la falta de hambre de más títulos, y/o no querer compartir la victoria, probablemente menos frecuente, con segundos y terceros puestos que decepcionarían a los muchos que esperarían que ganara siempre. No es fácil pasar de ganar siempre a hacerlo sólo de manera intermitente o quedarse cerca. La presión por tener que ganar, porque todo sea como ha sido costumbre, puede ser tremenda; la autoconfianza se resiente, y uno ya no disfruta como lo hacía antes.

En este mismo campeonato del mundo se ha destacado que Bolt no mostraba la misma alegría que otras veces. Sus habituales gestos tan simpáticos antes y después de las carreras, esta vez parecían forzados: parte del guión que no podía faltar, pero carentes de la naturalidad de otras ocasiones. Antes de llegar a Londres, había participado en pocas carreras y sus marcas (para él) habían sido modestas. Ya en el campeonato, se quejó de los tacos de salida y se le notó preocupado y más pendiente de ese elemento externo que de mostrar esa confianza que apabullaba a sus rivales antes del pistoletazo. En la semifinal fue batido por Coleman, algo que nunca sucedía antes por mucho que corriera reservando fuerzas.

No obstante, se esperaba que, a pesar de todo, Bolt cumpliera con el guión de volver a ganar y retirarse en lo más alto: el broche de oro a una excepcional trayectoria que en realidad, ya tan laureada, no queda empequeñecida por esta medalla de bronce. Al revés, lo sucedido demuestra que ganar no era tan fácil como parecía, que por muchas cualidades que se tengan, exige esfuerzo, sacrificio y acierto en la preparación y la puesta a punto; que Bolt es humano; excepcional, pero humano.

Curiosamente, Gatlin, el atleta que ha destronado a Bolt en su última carrera, es aun mayor que él (35 años frente a 31), una prueba más de que, al igual que está demostrando Federer en el tenis, se puede alargar la carrera deportiva, incluso al más alto nivel, siempre que se esté bien físicamente y se siga teniendo la suficiente ambición como para soportar el alto coste en dedicación, esfuerzo, renuncia a otros estímulos y tolerancia a la frustración que estar entre los más grandes, exige ¿Perdió Bolt esa ambición? Es lógico que, si fuera así, no quiera seguir y prefiera dejarnos los buenos recuerdos de esas prodigiosas carreras que será difícil superar. Pero es una lástima, porque todavía podríamos seguir disfrutando de sus espectaculares gestas.

¿Y qué decir de la ambición y el espíritu competitivo de Gatlin? Su pasada relación con el dopaje provoca el justificado rechazo por una práctica intolerable que debe erradicarse sin contemplaciones. Una sombra profunda que le acompañará siempre. Los silbidos del público se lo recordaron en los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro y ahora en Londres, donde ni siquiera dio la vuelta al estadio tras haber batido al dios de los 100 metros. La falta fue muy grave, y lo pagó muy caro con cuatro años de suspensión. Podría haber sido de por vida, como muchos apuntan, pero esos cuatro años le han dado la oportunidad de rectificar e ir por la buena senda. El deporte debe ser implacablemente estricto para sancionar a quienes acuden al dopaje, pero también generoso con quienes, tras cumplir una dura sanción, desean rehabilitarse y lo demuestran. 

Gatlin ha estado limpio en los últimos 11 años, y su oscuro pasado no debería eclipsar el indiscutible mérito de superar esa lacra y perseverar sin desfallecer para ser capaz, a sus 35 años, de ganar a Bolt y proclamarse campeón del mundo: el de más edad en toda la historia de estos campeonatos. El propio Bolt, también campeón en deportividad, ha declarado que Gatlin es un gran competidor y no merece esos abucheos del público. Tampoco merece el desprecio de medios de comunicación que quizá decepcionados con el héroe y enojados con el villano por haber estropeado el guión, destacan lo de su dopaje en el pasado más que los incuestionables méritos deportivos de los últimos siete años que ahora le han llevado a lo más alto del pódium.


Chema Buceta
6-8-2017

Twitter: @chemabuceta

martes, 1 de agosto de 2017

BARCELONA-92: PUNTO DE INFLEXIÓN

Un gran reto que obligó a cambiar mentalidades y viejos hábitos




La semana pasada se conmemoró el vigesimoquinto aniversario de los Juegos Olímpicos de Barcelona, en los que tuve el honor de participar como seleccionador nacional de baloncesto femenino. Centrándome en lo estrictamente deportivo, estos Juegos supusieron un punto de inflexión en el deporte español, tanto por los buenos resultados que globalmente se alcanzaron, que tanto se han ensalzado estos días, como por los procesos de preparación de los deportistas, de los que nada o muy poco se ha dicho. Gracias a estos, llegaron aquellos; y gracias a todo ello, emergieron y se fortalecieron la ambición por estar arriba y la confianza en que era posible lograrlo si se ponían los medios, el conocimiento y la dedicación.

El gran reto de Barcelona-92 obligó a cambiar mentalidades y viejos hábitos; en cada deporte de forma particular, pero en todos con una consigna  muy clara: no bastaba con participar; sino que había que  competir de verdad y conseguir unos buenos resultados. En muchos casos, partíamos de muy abajo: nosotros, por ejemplo, nunca habíamos participado en una competición de rango mundial salvo la Universiada (de rango menor) y nuestro mejor resultado era el sexto puesto en el Eurobasket del 87, pero había que esforzarse, no conformarse, ser capaces de ambicionar y perseguir el sueño de una gran hazaña con creatividad, dedicación y trabajo. La mayoría de los deportes también partían de un nivel bajo. En Seul-88 sólo se habían conseguido cuatro medallas, y no teníamos el ramillete de campeones y finalistas mundiales y continentales que disfrutamos ahora.

El plan ADO proporcionó recursos económicos, logísticos y humanos que permitieron llevar a cabo planes de preparación innovadores que en aquel momento eran necesarios. Y las federaciones tuvieron que entender que ese dinero que recibían tenía un carácter finalista: la preparación de los deportistas olímpicos, y no podía gastarse en otros asuntos. Este es uno de los principales legados de Barcelona-92. Si se aspira a estar entre los mejores del mundo, el deporte de élite exige muchos recursos que sólo disfrutan unos pocos. Lógicamente, las federaciones deben disponer de un presupuesto para organizar las competiciones internas, atender al deporte de base, ayudar a los clubes, formar entrenadores y árbitros, etc., y cuando el deporte de élite proporciona beneficios o atrae patrocinadores, es razonable que estos, en parte, reviertan en esas necesidades; pero que haya un presupuesto con carácter finalista para la preparación de los deportistas de élite, garantiza que estos puedan someterse a un programa de entrenamiento metódicamente elaborado, sin estar expuestos a los compromisos domésticos de los presidentes y los vaivenes presupuestarios de las federaciones.

Centrándome en el baloncesto femenino, a muchos directivos y ejecutivos de la federación española les costó entender lo del carácter finalista, y quisieron verlo como una fuente más de ingresos que ellos podrían administrar a su antojo. La federación pasaba por un momento delicado en lo económico, y en la miopía de sus urgencias y falta de interés por el baloncesto femenino, no querían aceptar que hubiera un grupo de chicas gastando dinero para preparar unos Juegos que todavía se veían lejanos. En octubre de 1988, cuando hacía un mes que habíamos comenzado, ya con contratos firmados con las jugadoras y los entrenadores, plazas en la residencia Blume, donde residían muchas de las chicas, instalaciones para entrenar, inscripción en competiciones, etc. dos altos ejecutivos de la federación plantearon seriamente que había que disolver el equipo “porque no había dinero”, pensando que el que llegaba y seguiría llegando del plan ADO destinado a ese equipo, quizá haciendo algunos “ajustes”, podrían gastarlo en otros conceptos.

El equipo no se disolvió, pero durante esos cuatro años la lucha interna fue constante. Había quejas porque íbamos de gira a los Estados Unidos o invitábamos a otras selecciones para medirnos con ellas, porque las chicas cobraban puntualmente o por cualquier otra cosa que se quisiera considerar un agravio comparativo. Y cuando los resultados en algunos partidos no eran favorables (lo cual era normal en un trabajo a largo plazo), eran frecuentes los comentarios negativos cuestionando el plan. Afortunadamente, el entonces presidente, Pere Sust, y el vicepresidente Roberto Outeiriño, apoyaron el proyecto y fueron capaces de aguantar la presión de sus detractores, gracias, en gran parte, a que el Consejo Superior de Deportes, el ADO y el Banco Exterior, patrocinador de las selecciones de baloncesto, lo tenían claro y no dejaron que uno de los proyectos más innovadores de la preparación olímpica cayera en picado. Su decidido apoyo fue decisivo, sobre todo en momentos bastante difíciles, cuando por ejemplo, se retrasaban los pagos o se cuestionaban concentraciones o torneos de preparación. En alguna ocasión, la delegada del equipo tuvo que pasar a recoger el dinero de las becas de las jugadoras de manera casi furtiva, sin que este entrara en la cuenta general de la federación. Después, claro está, de múltiples llamadas, aquí y allí, para ver qué pasaba con el dinero y presionar para que las jugadoras cobraran.

Más de 25 años después, podría recordar aquí numerosas anécdotas, pero lo señalado es suficiente para dar una pequeña idea de lo que costó avanzar contra viento y marea en aquellos años. ¿Dinero para las chicas? Algunos pensaban que era tirarlo. El deporte femenino siempre había sido secundario, y el baloncesto no era una excepción dentro de la propia federación; sin embargo, ahora tomaba la iniciativa y marcaba una pauta audaz que, con diferentes matices pero la misma esencia, seguirían otros deportes en su camino ambicioso hacia Barcelona. Para muchos, en lugar de ser motivo de orgullo, lo fue de molestia, de pérdida de tiempo y de dinero, de verse superados por algo en lo que no creían y se interponía (pensaban) en su visión e intereses de aldea pequeña.

Me consta, aunque no recuerdo los detalles, que este tipo de oposición interna estuvo presente en otros deportes. En general, las federaciones estaban acostumbradas a recibir una subvención y, respetando alguna directriz menor, a gastar el dinero según su propio criterio, que en bastantes casos respondía más a repartir el pastel para que todos, sobre todo los más adeptos, estuvieran contentos. Pero ahora había una partida que sólo podían emplear en la preparación olímpica. Además, esa partida sólo la recibían si el Consejo Superior de Deportes y el ADO, a través de sus técnicos en los diferentes seguimientos, daban el visto bueno a los planes de preparación. En mi caso, tuve que participar en varias reuniones para explicar y evaluar nuestros planes en distintas fases, recibir sugerencias y llegar a un acuerdo. Trabajábamos con libertad, pero no valía cualquier cosa. Había dinero si había y se seguía un buen plan.  

Asimismo, sobre todo en los deportes colectivos, pero también en muchos individuales de tradición menor en España, faltaba la comprensión de lo que suponía un plan a largo plazo: un plan en el que la inmediatez del resultado no importaba, sino el crecimiento de los deportistas y los equipos para poder dar un salto de calidad y alcanzar cotas mayores. En nuestro caso, las críticas desde fuera también estuvieron presentes con bastante frecuencia, a pesar de que el proyecto proporcionó beneficios económicos y de visibilidad a los clubes. Por ejemplo: los clubes cuyas jugadoras estaban en el plan, recibieron dinero cada uno de los cuatro años; y televisión española retransmitió un gran número de partidos de la liga femenina, lo cual, en aquel momento, supuso un impulso muy importante para el baloncesto femenino. Ahora existen quejas con fundamento sobre la falta de visibilidad de algunos deportes en la televisión y otros medios de comunicación, pero la situación entonces era mucho peor, y el periodo previo a los Juegos sacó del ostracismo a deportes y deportistas prácticamente desconocidos.

La mayor parte de las jugadoras que participaron en nuestro proyecto eran menores de 20 años. Una gran apuesta. No estaban algunas de las mejores de ese momento, sino las que se preveía que por su edad y condiciones, aun llegando todavía muy jóvenes a un evento como los Juegos Olímpicos, podrían beneficiarse de un entrenamiento muy intenso para elevar el nivel en 1992. En esa selección y en otras muchas decisiones durante ese periodo, cometimos errores. Teníamos poca experiencia en este tipo de plan, y si pudiéramos volver atrás, es evidente que haríamos algunas cosas de otra manera. A pesar de todo, con un gran desgaste de quienes liderábamos el proyecto y un compromiso y esfuerzo tremendos de las jugadoras, fuimos capaces de seguir adelante y tener en Barcelona-92 un equipo muy competitivo que por muy poco no estuvo en los partidos por las medallas, pero consiguió un gran quinto puesto que, a pesar de los muchos avances posteriores, sólo se ha superado en los Juegos de Río de Janeiro, 24 años más tarde.

Cuando en 1988 explicamos que en Barcelona-92 podríamos luchar por una medalla, muchos pensaron que estábamos vendiendo la moto para vivir del cuento; y nos lo siguieron recordando con cada tropiezo en el camino. Finalmente, el sueño no se cumplió; pero estuvimos muy cerca; y ese quinto puesto, también impensable para muchos cuatro años antes, supuso poner el pie, por primera vez, entre los mejores del mundo. Y sobre todo, creció una generación de jugadoras que fue capaz de competir con las mejores del planeta: al año siguiente, ganando la medalla de oro en el Eurobasket (la siguiente llegó 20 años más tarde) y, después, contribuyendo a otros éxitos con la selección y sus clubes. Algunas, incluso, llegaron a jugar en la WNBA, algo de ciencia ficción unos años antes. Pero por encima de estos éxitos, el legado más importante de estas legendarias jugadoras es que fueron el modelo inspirador de las futuras generaciones. Tras ellas aparecieron otras, y tras estas últimas, otras: las que ahora nos representan ganándolo casi todo. Además, se interesaron por el baloncesto femenino entrenadores bien preparados que han sido respetados y han hecho un gran trabajo; y ya no se cuestiona que haya un plan de preparación permanente, aunque con jugadoras más jóvenes, el siglo XXI, que nosotros fundamos en 1987, también con bastantes críticas, y que todavía continua contribuyendo a formar jugadoras de élite.

25 años después, es evidente que Barcelona-92 y todo lo que supuso su preparación en los años anteriores, fueron un punto de inflexión para el baloncesto femenino español: un cambio de mentalidad, de ambición, de estilo de trabajo, de prioridad y apoyo institucional , de buena preparación, de respeto, de reconocimiento. Cómo consecuencia de todo eso, y los avances que se han ido añadiendo, no es casualidad ni el fruto de un esfuerzo aislado, que llevemos ya muchos años estando entre los mejores siempre. Y lo mismo podemos decir de otros deportes. Incluso de algunos, como podría ser el waterpolo femenino, que aun no estando allí, es probable que se hayan impregnado de ese espíritu competitivo, ese no conformarse y hacer las cosas bien, y esa confianza que, desde esos Juegos, predominan en gran parte de nuestros deportistas y sus entornos.

No me gusta recrearme en el pasado. La vida continua y es recomendable no quedarse atrás y seguir avanzando con nuevos retos aunque estos no sean del mismo calado. La importancia debemos dársela nosotros mismos. No hay reto pequeño si el que lo acomete piensa en grande. No obstante, en este caso, mirar un poco hacia atrás nos permite recordar lo que nos hizo dar un paso de gigante, y por eso, es una lástima que este significativo aniversario se haya quedado en una o dos recepciones oficiales y unos cuantos recordatorios periodísticos de las hazañas conseguidas. Habría sido una gran oportunidad para recordar y analizar lo que se hizo hasta llegar allí y, mirando hacia delante, obtener algunas enseñanzas. Evidentemente, no se trata de hacer lo mismo, pues las circunstancias han cambiado; y en el caso del baloncesto y otros deportes, lo que se hace ahora está dando excelentes resultados. Sin embargo, a nivel global, aún no se han superado las medallas de Barcelona-92, a pesar de que ahora hay más preseas en juego y se parte de un nivel mucho más alto. Puede que se disponga de menos medios económicos que entonces, pero tenemos mejores instalaciones para entrenar, entrenadores y científicos del deporte con más conocimientos y experiencia, y deportistas que no están tan lejos de lo más alto como en aquel momento.

¿Qué nos falta? ¿Por qué algunos deportes han sabido aprovechar la estela de Barcelona-92 y otros no?¿Falta ambición? ¿Sacrificio? ¿Capacidad de lucha ante la adversidad y la incomprensión? ¿Acomodamiento? Hace poco, tuve acceso a la frase de un deportista exitoso: “Lo importante no es el deseo de ganar, pues ese lo tenemos casi todos, sino el deseo de prepararse para ganar”. ¿Estamos dispuestos, entrenadores, deportistas y todos los implicados, a pagar el elevado coste personal que supone prepararse para poder ganar? También la semana pasada, el entrenador de Mireia Belmonte ponía el dedo en esta llaga denunciando que cada vez hay menos deportistas que verdaderamente estén dispuestos a comprometerse con objetivos ambiciosos a medio/largo plazo, trabajar duro, renunciar a otros estímulos y llevar una vida dedicada a ganar o conseguir los mejores resultados. En el deporte de base, los resultados deportivos deben ser algo secundario; en el de élite, son el objetivo que lo justifica. No creo que necesitemos un nuevo punto de inflexión, pero sí poner las bases para superar esa barrera de las 22 medallas de Barcelona. Muchos deportistas que contribuirían a ello, ni siquiera habían nacido en el 92, pero es muy probable que a estas alturas, al estar en la élite o cerca de ella, ya tengan el germen de los que lo dieron todo entonces. Sólo falta apuntalarlo. Recuperar los valores y la disciplina que nos acompañaron en esos fantásticos años.


Chema Buceta
1-8-2017

@chemabuceta

miércoles, 29 de marzo de 2017

SI LOS PROFESIONALES LO HACEN...

                                    Ejemplos que son imitados en el fútbol de categorías inferiores




Hace un par de semanas tuvo lugar en Mallorca una vergonzosa pelea entre padres que fue objeto del anterior artículo del blog. El bochornoso espectáculo ha sido condenado en las redes sociales y numerosos medios de comunicación, pero las declaraciones de algunos implicados diciendo que volverían a hacerlo y que habrá venganza, y de uno de los chicos afirmando que se siente orgulloso de su padre agresor, constatan que no se trata de un simple calentón pasajero, aunque este haya ayudado a la explosión, sino de una actitud que es coherente con lo que se siembra desde el fútbol profesional y su entorno. Si los profesionales lo hacen…

En esta línea, la semana pasada volvió a destacar un partido de fútbol de juveniles en el que un jugador, probablemente respondiendo a lo que le habían dicho desde la grada (lo cual no es una justificación), tuvo un ataque de cólera y se encrespó con el público como un enérgumeno, encendiendo la mecha de una lamentable tangana. En realidad, aunque habitualmente no tienen tanta repercusión mediática, los insultos, provocaciones, amenazas y peleas están a la orden del día en los campos de fútbol de las categorías inferiores, por lo que estos hechos no son aislados, sino que corroboran la tendencia ascendente que puede observarse casi todos los fines de semana. Si los profesionales lo hacen…

La falta de educación deportiva de los padres y el protagonismo que les otorga la actividad de sus hijos en ese fútbol a pequeña escala, son factores esenciales que en gran parte explican estos comportamientos, pero tal y como he apuntado en otros artículos, además hay un factor de enorme relevancia que es el mal ejemplo que a menudo transmiten los profesionales, tanto exibiendo comportamientos antideportivos como minimizándolos, justificándolos o protegiendo a los infractores como si fueran santos o víctimas de conspiraciones. En estos días, hemos podido observar dos de estos ejemplos.

El primero, tiene como primer protagonista a Messi. Fíjense de quién hablamos. Seguramente, el mejor jugador del mundo. Un auténtico ídolo en quien se fijan millones de chavales de todo el planeta que juegan al fútbol y, por supuesto, sus padres, entrenadores, directivos, etc. Cualquier cosa que digan o hagan él y otros de su categoría y fama no pasa desapercibida, y de ahí su enorme trascendencia. En el partido Argentina-Chile, Messi insultó gravemente a un árbitro asistente, y las imágenes dieron la vuelta al mundo. ¿Se puede pasar por alto una acción antideportiva así, teniendo en cuenta la fata de respeto que supone y la repercusión que tiene en quienes lo observan? Por suerte, en este caso, el juez de la FIFA decidió sancionar al emblemático infractor con cuatro partidos, dejando muy claro que se trata de un comportamiento intolerable que hay que eliminar del fútbol.

Es importante que, como en este caso, los jueces deportivos responsables de las competiciones impongan sanciones ejemplares para que los infractores y, sobre todo los chicos y quienes les rodean, sean conscientes de que ese tipo de comportamientos no se pueden tolerar, y si el implicado es una gran estrella, actuar con contundencia tiene un impacto favorable todavía mayor. No quiero decir con esto que a los mejores, por el hecho de serlo, haya que castigarles con más dureza que a los demás, sino que aplicándoles lo que sea justo para cualquier infractor, el impacto es mucho mayor. Si a los profesionales se les sanciona cuando insultan…

Esta sanción proporciona una gran ocasión para erradicar la idea, que al parecer tienen muchos, de que en el fútbol se puede insultar al árbitro y no pasa nada, pero lamentablemente, algunos desaprovechan irresponsablemente una oportunidad tan valiosa. En este caso, el Barcelona, club de Messi, ha publicado un comunicado en el que muestra su “sorpresa e indignación”, añadiendo que “el club considera injusta y totalmente desproporcionada la sanción… pues se trata de un deportista ejemplar”. Ahora es el Barcelona, y otras veces, otros clubes, pero el patrón es el mismo. Al parecer, se sienten obligados a defender a sus jugadores ante su masa social o para mostrarles su apoyo. Una lealtad de fachada mal entendida que demuestra una gran falta de responsabilidad. ¿Es injusto que se sancione a un jugador que insulta al árbitro? ¿Desproporcionado? ¿Cuántos árbitros en categorías inferiores, a partir de este ejemplo, sufrirían insultos o, en estadios sin apenas protección, amenzas intimidatorias y agresiones, si un comportamiento como este no fuera sancionado contundentemente? Es muy posible que, en general, Messi sea un buen chico y un deportista ejemplar, pero en esta ocasión su comportamiento no lo ha sido, por lo que es lógico y muy saludable para el fútbol y el deporte en general, que sea sancionado con dureza.

Además de este lamentable comunicado, lo que se ha destacado y en lo que seguramente se insistirá para presionar y que la sanción se reduzca, es que sin Messi, Argentina ha perdido contra Bolivia y se complica su clasificación para el mundial. ¡Un mundial sin Messi! Algunos que se rasgan las vestiduras cuando los jugadores y los padres de categorías inferiores insultan y se pelean o agreden a un árbitro, piensan ahora en los intereses económicos y claman por la posible ausencia del gran ídolo. Si Argentina no se clasifica, es evidente que habrá otros motivos; y de hecho, se está hablando de sustituir al técnico, pero se trata de que la gran estrella no falte, por lo que abierta y encubiertamente se presionará para intentar evitarlo. Por muchos intereses económicos que haya, ¿se debe pasar por alto o minimizar un comportamiento antideportivo que puede tener una repercusión tan grave en el fútbol base? Si en el fútbol profesional no se le da importancia o se perdona fácilmente…

La otra noticia es que el Sevilla, debido a las amenazas e insultos reiterados a un jugador  del equipo contrario, ha sido sancionado a cerrar el sector de la grada donde se alojan sus seguidores ultra. Otro castigo ejemplar que pretende luchar contra el comportamiento antideportivo. Si se puede insultar en un gran estadio sin que ocurra nada, ¿por qué no, en los campos de categorías inferiores? De nuevo aquí, la respuesta del club ha sido decepcionante, ya que según he leído, recurrirá la sanción. Otra oportunidad desaprovechada de demostrar desde un club poderoso que no se tolera y sí se persigue el comportamiento antideportivo. Sin embargo, al igual que en el caso de Messi y otros en los que otros clubes se han pronunciado de manera similar, parece que es más importante defender a los propios hagan lo que hagan, que asumir la responsabilidad de educar a través del ejemplo. Si los profesionales lo hacen…

Chema Buceta
29-3-2017

@chemabuceta

sábado, 25 de marzo de 2017

¿PADRES SALVAJES, O PROFESIONALES IRRESPONSABLES?

                                               Los padres también juegan: ¿los entrenamos?



El pasado fin de semana corrió la noticia, video incluido, del lamentable espectáculo de unos padres que durante el partido de fútbol que sus hijos de categoría infantil  disputaban, se pelearon salvajemente. Al parecer, el detonante fue la pelea de dos jugadores (¿sorprende, cuando es lo que los chicos ven en los profesionales?). Después, los padres entraron al campo y se liaron entre ellos a mamporrazos mientras algunas madres gritaban ¡qué vergüenza! y suplicaban que la aberrante contienda terminara. El árbitro suspendió el partido y, según se ha sabido, alguien del equipo local fue a su vestuario a recriminarle que por su culpa, había sucedido todo eso (¡siempre el árbitro! ¿sorprende, cuando es lo que con frecuencia se oye en el fútbol profesional?).

Aprovechando este bochornoso suceso, son muchos los que se han rasgado las vestiduras y culpado a los padres y a la sociedad en general, pero sin poner el dedo en la llaga del peligroso ejemplo que a menudo ofrecen el fútbol profesional y su entorno. Por desgracia, no es un hecho aislado. Otras veces, no se pasa de las agresiones verbales, o los hechos no tienen tanta repercusión, pero cada semana hay docenas de comportamientos antideportivos en los campos de fútbol donde juegan niños (¿sorprende, cuando es lo que se observa en los grandes estadios y en la televisión?); y lo malo es que se está convirtiendo en algo normal que se acepta con resignación como si fuera parte del mobiliario: hay dos porterías, un balón, 22 jugadores… y gente insultando al árbitro. Lo habitual. Eso sí, cuando ocurre algo que llama mucho la atención, enseguida se habla de buenos propósitos que jamás se concretan y no tardan en quedarse en agua de borrajas.

El comportamiento de los padres de los deportistas jóvenes, no sólo en los partidos, sino también en casa, el coche y cualquier otro lugar, es un asunto de suma importancia que no se puede dejar al azar, sino que hay que abordarlo con seriedad y verdadera voluntad de gestionarlo con eficacia. Por un lado, los padres son un ejemplo para sus hijos; y si el deporte es, o debe ser, una escuela de valores para la vida, es evidente que comportamientos como pelearse entre ellos, insultar al árbitro, despreciar a los rivales, etc. son un mal escaparate que va en contra del desarrollo de tales valores.  Además, lo que dicen y hacen los padres tiene una enorme influencia en el funcionamiento de los muchachos, por lo que hay que tenerlo muy en cuenta. Por ejemplo, si un padre le dice a su hijo que en vez de pasar el balón, regatee y tire a gol, o le recrimina la falta de esfuerzo, o habla de lo bueno que es y del dinero que va a ganar cuando sea profesional, o se enfada cuando no juega, etc. eso influye, se quiera o no, en las expectativas, las emociones, el comportamiento y el rendimiento del joven jugador. ¿Lo ignoramos? ¿Cuál es la solución?

En estos días se ha dicho, por ejemplo, que en clubes de fútbol como el Valencia y el Sevilla, no dejan que los padres asistan a los entrenamientos; y se han quedado tan anchos pensando que la solución es esa “porque así los chicos se concentran y rinden mejor”. Por esa misma razón, se podrían jugar todos los partidos a puerta cerrada (me extraña que todavía no se le haya ocurrido a algún iluminado), ya que, quizá, los chavales jugarían mejor y se evitarían espectáculos como el del domingo pasado. Claro que faltaría solucionar el problema de los padres en casa y el coche, como se lamentaba el técnico de uno de estos dos clubes tras explicar la brillante idea de no permitirles la entrada en los entrenamientos. Posiblemente, habría que obligar a los chicos a que jamás subieran al coche de sus padres, e incluso a que sólo hablaran con ellos cuando terminara la temporada. En el transcurso de esta, podría establecerse la norma de que los padres tuvieran que guardar una distancia con sus hijos deportistas de por lo menos 200 metros, y por supuesto, nada de comer en la misma mesa, asistir a las mismas reuniones familiares y comunicarse por el móvil. ¡Padres a distancia y sin móvil! ¡Deportistas huérfanos! El sueño de muchos entrenadores y directores deportivos. La solución final.

Mientras algunos sueñan con estas y otras medidas absurdas, encaminadas a que los padres estén lo más lejos posible, se pueden buscar soluciones razonables y viables que en lugar de excluir, incluyan a los padres. ¿Por qué? Muy sencillo. Se quiera o no, los padres son imprescindibles para que los chicos hagan deporte; más aun, cuando tienen que pagar cuotas y asumir el transporte de sus hijos adaptando el presupuesto y la vida familiar para poder hacerlo; pero también, cuando se trata de clubes poderosos como los citados, que asumen los gastos y, gracias a eso y al poder sobre los chicos, tienen la capacidad de prohibir el paso a los padres, decirles que hagan el pino, bailen la jota o se vistan de torero, sabiendo que con tal de que sus hijos sigan en tan privilegiado entorno, harán lo que se les ordene. Estos padres, aun estando atrapados, también quieren participar, y de alguna manera, quiera o no el club, participan. No están en los entrenamientos, y los responsables deportivos se sienten más cómodos con la fantasía de que el problema está resuelto, pero ¿qué pasa después? ¿y en los partidos?

No me canso de explicar que se quiera o no, se ignore o no, la realidad es que los padres también juegan, y por tanto, si se pretende que jueguen bien, hay que entrenarlos. Y además de charlas y otras actividades formativas, su asistencia a los entrenamientos de los chavales es una buena oportunidad para que adquieran el hábito de comportarse bien; y para los chicos, de acostumbrarse a rendir en presencia de sus padres, algo que mientras no se obligue a jugar a puerta cerrada, no tienen más remedio que hacer en los partidos. ¿No se entrena para rendir en los partidos? ¿Por qué entonces no se entrena para rendir en presencia de los espectadores habituales? La formación/entrenamiento de los padres es una responsabilidad que algunos clubes asumen ya como parte de sus programas deportivos, pero en otros casos, se sigue negando. ¿Por qué? En gran parte, por ignorancia y falta de habilidad para trabajar con los padres. Lo fácil es quejarse, culparlos, condenarlos, comentar sus atrocidades, prohibirles entrar en las instlaciones ("ni perros ni padres"),  volver a quejarse, señalarlos cuando los chicos no avanzan (“es que con ese padre…”). Lo costoso es aceptar la realidad de que también juegan y llevar a cabo acciones eficaces no sólo para que no estorben, sino para que sean buenos jugadores y sumen. Y no sirven esos decálogos ridículos con todas las prohibiciones (no esto, no lo otro...), sino una orientación en positivo sobre lo que sí pueden hacer para ayudar a que la experiencia de sus hijos sea beneficiosa.

La solución no es prohibir, sino educar. Un camino largo; pero si se buscan soluciones eficaces, no se trata de poner parches para salir del paso, ni hay que desanimarse porque en las primeras charlas para padres, muchos no acudan. Al contrario, hay que desarrollar y llevar a cabo con convicción, programas de formación para padres que tengan una continuidad. En función de los medios disponibles, estos programas pueden ser más o menos extensos, pero hasta el club más modesto puede tener su programa para padres. Por supuesto, los clubes que tienen poder sobre los padres, podrían utilizarlo para que asistan a las reuniones, se informen y aprendan pautas de comportamiento apropiado. En cualquier caso, la colaboración de los psicólogos del deporte como asesores, mediadores y formadores puede ser muy valiosa. De hecho, son estos los profesionales que ya tienen una dilatada experiencia en este ámbito con resultados muy favorables. Otra figura clave es el director deportivo, quien debe programar y coordinar la realización de estos programas. También podrían tomar la iniciativa los propios padres, pero son los clubes y las federaciones, es decir, los profesionales del deporte, quienes más tienen que asumir esa responsabilidad. La mayoría de los padres mejoran su comportamiento dentro y fuera de las gradas cuando se les informa y se les da la oportunidad de reflexionar, comunicarse con los entrenadores y los directores deportivos y actuar con responsabilidad. (Para más información sobre este asunto, el lector puede consultar otros escritos de este blog y también mi libro: “Mi hijo es el mejor, y además es mi hijo” publicado por la editorial Dykinson).

Ahora bien, en la situación que estamos, fundamentalmente en el fútbol (aunque en menor grado, también en otros deportes), la educación de los padres, siendo imprescindible, no puede ser la única acción. De manera paralela, no hay más remedio que adoptar medidas punitivas que ayuden a cortar de raíz comportamientos como los que, cada vez con mayor frecuencia, se ven en las gradas y los terrenos de juego. En primer lugar, hay que erradicar los malos ejemplos que están presentes en el fútbol de élite y su entorno. La semilla de muchos comportamientos antideportivos y salvajes en las categorías inferiores son las peleas en el campo, los insultos a los árbitros, las declaraciones hostiles de los entrenadores, los jugadores y los directivos, y los comentarios irresponsables de muchos periodistas, por ejemplo, culpabilizando a los árbitros o minimizando los comportamientos lamentables de los jugadores. Se persiguen el racismo y la violencia en los estadios, pero no los malos ejemplos antideportivos que ofrecen los profesionales. Sin embargo, estos tienden a ser imitados por quienes admiran a personajes tan influyentes; sobre todo, en ausencia de una educación de los padres que ofrezca una alternativa adecuada. ¿Sorprende que suceda lo que tantas veces vemos? El jugador, entrenador o presidente que, de palabra u obra, actúe antideportivamente, debería ser sancionado con contundencia. La fama ayuda a alimentar el ego y ganar más dinero, pero también tiene que exigir más responsabilidad. Y por supuesto, se deben destacar los ejemplos de buen comportamiento, que son muchos, para que sean estos los que se imiten y no los otros.

Más difícil es sancionar lo que ocurre en las gradas de los grandes estadios, pero también ahí habría que actuar. Si un espectador, con toda naturalidad, llama hijo de puta al árbitro o le dice a un jugador del equipo contrario que ojalá le partan una pierna, y no pasa nada (incluso le ríen la gracia), no debe extrañar que a falta de una información mejor, los padres de los niños hagan lo mismo en su fútbol a pequeña escala. Es lo normal ¿no? ¿Qué pasaría si hubiera agentes de seguridad en las gradas, como ya los hay para prevenir los enfrentamientos con los seguidores visitantes o la invasión del campo, que expulsaran a los espectadores que mostraran el comportamiento intolerable que continuamente vemos? Sé que puede parecer una utopía, pero si de verdad se quiere erradicar el problema, hay que tomar medidas contundentes. Cuando se prohibió fumar, muchos creían que sería imposible hacerlo cumplir. Si se prohíbe insultar o faltar al respeto en los estadios… ¿Por qué no?

Menos difícil sería sancionar a los que insultan o agreden en los partidos de los jóvenes. No sólo a los padres; también a los entrenadores y los directivos. Estos suelen quejarse de los padres como los malos de la película, pero en muchos casos, son ellos el peor ejemplo. Si un entrenador de chavales protesta al árbitro de mala manera, es expulsado, menosprecia a los chicos, etc. ¿se puede exigir a los padres de ese equipo que se comporten correctamente? Las sanciones en estas categorías deberían ser muy estrictas. En el caso de los padres, en cuanto hubiera insultos desde el grada, el árbitro tendría que poder expulsar a esos espectadores; e incluso dar el partido por perdido a ese equipo. “Es que los chicos no tienen la culpa”. Cierto, pero la mayor presión para los padres es la de sus propios hijos. Si los niños pierden un partido porque un padre montó el número en la grada, es muy probable que eso no vuelva a ocurrir: su propio hijo le presionará para que no suceda, y también los demás padres. Educar de verdad y sancionar sin vacilar. ¿Dejamos que los salvajes crezcan, o hacemos algo que sea verdaderamente eficaz?


Chema Buceta
25-3-2017

Twitter: @chemabuceta
www.psicologiadelcoaching.es

lunes, 30 de enero de 2017

LOS "VIEJOS" ROCKEROS TRIUNFAN


                                                  Ejemplos de excelencia y superación


Hace dos décadas todavía se consideraba que los deportistas que cumplían 30 años eran viejos. En algunos deportes, como la gimnasia o la natación, incluso mucho antes. Los deportistas de élite se retiraban o pasaban a un segundo plano pronto, y eran sustituidos por otros más jóvenes. Esto justificaba la especialización temprana, nido de algunos grandes campeones y tumba anticipada de muchos otros que podrían haber llegado, incluso más lejos que los anteriores, si en lugar de acelerar su madurez deportiva forzando la máquina, se hubiera respetado el curso que aconsejaban sus condiciones físicas y, sobre todo, psicológicas.
 
En la actualidad, cada vez tenemos más ejemplos de carreras deportivas longevas y ausencia de jóvenes que sustituyan a los que están arriba. El panorama ha cambiado, aunque lamentablemente, en algunos deportes se sigue apostando por la especialización temprana que masacra a tantos potenciales talentos. En los Juegos Olímpicos de Rio hemos disfrutado de algunos veteranos exitosos. Uno de ellos, Ruth Beitia, la saltadora de altura española que regresó a la alta competición tras haberse retirado después de Londres, 2012, y ganó la medalla de oro con 37 años. Y qué decir de Michael Phelps, ganador de cinco medallas de oro y una de plata con 31 años, en un deporte, la natación, donde antaño se creía que los nadadores eran viejos cuando cumplían los 20. Lógicamente, también ha habido campeones jóvenes, pero ahí han estado esos y otros admirables ejemplos de veteranos exitosos. 
 
Hace dos semanas, tuvo lugar la presentación con su nuevo equipo de Alberto Contador, uno de los únicos seis ciclistas que han ganado las tres grandes vueltas en la historia de este deporte. Con 32 años volvió a ganar el Giro de Italia, y ahora, con 34, su objetivo es añadir a su palmarés otro Tour de Francia. Palabras mayores; pero el objetivo, aunque difícil, parece posible. Contador sigue siendo uno de los mejores del mundo y, de momento, no hay ningún ciclista español que le supere. El único que se le acerca es Alejandro Valverde, quien con 36 años también se mantiene entre los mejores. ¿Dónde están los siguientes?
 
El ejemplo más reciente lo hemos tenido en el Open de Australia de tenis que acaba de terminar. Las finales femenina y masculina han sido disputadas por cuatro jugadores de más de 30 años. Venus Williams (36), Serena Williams (35),  Rafa Nadal (30) y Roger Federer (35), y en la final de dobles masculino estuvieron los gemelos Brian (38). ¿Y los jóvenes?
 
Estos y otros ejemplos invitan a pensar, por un lado, qué hacen estos campeones "viejos” para mantenerse a tan alto nivel, y por otro, cómo es que no salen deportistas más jóvenes que les arrebaten ese liderato. 
 
Respecto a la primera cuestión, una explicación es que las ciencias del deporte avanzan, y eso supone mejores métodos de entrenamiento y recuperación, mejor material, mejor alimentación, mejores cuidados adicionales, etc., lo que repercute favorablemente en el rendimiento físico. Además está la
motivación. Por un lado, los incentivos económicos; ya que la continuidad conlleva ingresos muy importantes que benefician no sólo al deportista, sino también a quienes lo acompañan. Por otro, los incentivos emocionales; pues el deporte es una fuente de desafíos, satisfacciones y éxitos que enganchan mucho, y es difícil renunciar a eso.
 
También tiene un peso significativo el mayor grado de madurez de los deportistas. Ahora ven el deporte de una forma más tranquila y más objetiva. Son más conscientes de sus limitaciones, sus fortalezas actuales (que en ocasiones no coinciden con las de antes) y el camino que deben seguir para tener la opción de ganar. Siguen teniendo la energía que aporta la ambición de ganar, pues de otra forma no estarían ahí, pero ya no es una obligación, o no tanto como antes, y por tanto, perder ya no es la amenaza que suponía antaño, lo que favorece que disfruten más y sufran menos con su actividad. Todo esto les da una gran ventaja mental respecto a deportistas más jóvenes que todavía tienen que hacerse o consolidar un hueco en lo más alto.
 
Asimismo, influye su estrategia. En muchos casos compiten menos que antes, tienen más periodos de descanso y aprovechan las pausas para fortalecer aspectos concretos de su preparación física, mejorar algo en lo técnico y, sobre todo, cargar las pilas. Federer ha ganado el Open de Australia con 35 años, saliendo como cabeza de serie 17! Al competir poco, el ranking empeora, y no sé si alguna vez ha habido un campeón de un Grand Slam que iniciara el torneo desde una posición así, enfrentándose a los mejores desde los dieciseisavos de final, pero eso ha estado compensado, más que con creces, por el aprovechamiento que el jugador ha hecho de este tiempo de ausencia, ya que le ha servido para realizar un trabajo especial que de estar jugando casi todas las semanas, no habría podido llevar a cabo; también, seguramente, para tener más “hambre”, llegar más fresco mentalmente y jugar con esa fortaleza física y psicológica que ha demostrado. Antes, yendo abajo en el quinto set, jamás habría ganado a un portento de la fortaleza psicológica como es Nadal (salvo lesión de este), pero en el decisivo set de esta gran final, fue él quien demostró estar más fuerte que un rival que también lo estuvo.
 
El caso de Nadal, aun habiendo perdido la final, es similar. Apartado de las competiciones debido a las lesiones, parece haber aprovechado bien ese tiempo para volver ahora con nuevos bríos, tal y como ha demostrado en Australia. Con 30 años quizá no llegue al nivel que tuvo antaño, que fue altísimo, pero vuelve a estar entre los mejores. Las lesiones pueden ser una gran oportunidad para descansar y fortalecer aspectos físicos, técnicos y psicológicos que ayuden a regresar incluso mejor de lo que se estaba antes. Hay muchos ejemplos en diferentes deportes que así lo demuestran. Por eso es inteligente aprovechar una oportunidad así, de la que carecen los que no se lesionan, salvo los veteranos que se dan cuenta y pueden permitírselo. Muchos campeones longevos lo son cuando regresan tras haber abandonado o  haberse tomado un descanso para cargar las baterías y mejorar en algo. ¿Por qué no lo hacen otros deportistas más jóvenes y sin necesidad de lesionarse?
 
En cuanto a los jóvenes, existen varios motivos que podrían explicar la falta de talentos al más alto nivel en determinados deportes. Uno es que al retirarse más tarde los que están arriba, es más difícil hacerse con un hueco entre los mejores, y eso elimina a algunos candidatos, bien por falta de recursos económicos para continuar (los recursos que no llegan por falta de suficiente éxito), bien por desánimo. Además, para llegar a lo más alto hay que entrenar muy duro y, sobre todo, ser muy fuerte mentalmente para involucrarse al máximo, renunciar a una vida más cómoda, enfrentarse a retos difíciles, manejar la presión que conlleva tener que ganar y responder a lo que los demás y el propio deportista esperan, superar múltiples adversidades, tolerar la frustración que suponen las derrotas y los contratiempos, mantener la ambición aunque las cosas vayan mal, no conformarse con metas menores, no acomodarse con los éxitos, tener paciencia, etc. En el primer mundo, las generaciones más jóvenes disfrutan de condiciones de vida y alternativas al deporte que dificultan el sobreesfuerzo físico y mental que es necesario para triunfar. No es una barrera definitiva, y de hecho hay grandes campeones que han disfrutado de un entorno cómodo, pero en bastantes casos, junto a otros factores, esto también influye.
 
El conformismo y el acomodamiento no son sólo un problema de algunos deportistas, sino también de entrenadores e instituciones. Por ejemplo, no hay muchos entrenadores dispuestos a intentar sacar adelante a un gran campeón con las implicaciones de dedicación y renuncia que eso conlleva, sobre todo cuando las contraprestaciones económicas a corto plazo no lo compensan. Es más cómodo, por ejemplo, trabajar en una escuela de tenis con chicos que entrenan un par de días a la semana, o limitarse simplemente a cumplir con quienes en principio pretenden llegar arriba pero tarde o temprano tiran la toalla, que implicarse al máximo con lo que eso supone. También están los entrenadores que exprimen a los deportistas jóvenes para obtener éxitos tempranos y satisfacer su ego y sus ambiciones cortoplacistas. Muchos de estos chicos se lesionan o se queman y salen frustrados. Lo fácil es masacrarlos y ver si así, además de ganar ahora, alguno que sobreviva sale. Lo difícil es elaborar un plan razonable en lo físico, lo técnico y lo psicológico que permita al deportista avanzar de verdad y tener la posibilidad de desarrollar al máximo su talento. En la sociedad actual se fomenta la búsqueda del éxito fácil y rápido. En el deporte, salvo casos muy excepcionales, es difícil alcanzar y mantener el éxito por ese camino.
 
La buena noticia de todo esto es que seguimos disfrutando de los "viejos" rockeros del deporte: de la belleza y emoción de sus extraordinarias actuaciones, de sus grandes gestas que ponen la piel de gallina y, sobre todo, de su encomiable ejemplo de superación.
 
 
Chema Buceta
29-1-2017
 
@chemabuceta

domingo, 29 de enero de 2017

LOS "VIEJOS" ROCKEROS TRIUNFAN

                                                Ejemplos de excelencia y fortaleza mental


Hace dos décadas todavía se consideraba que los deportistas que cumplían 30 años eran viejos. En algunos deportes, como la gimnasia o la natación, incluso mucho antes. Los deportistas de élite se retiraban o pasaban a un segundo plano pronto, y eran sustituidos por otros más jóvenes. Esto justificaba la especialización temprana, nido de algunos grandes campeones y tumba anticipada de muchos otros que podrían haber llegado, incluso más lejos que los anteriores, si en lugar de acelerar su madurez deportiva forzando la máquina, se hubiera respetado el curso que aconsejaban sus condiciones físicas y, sobre todo, psicológicas.

En la actualidad, cada vez tenemos más ejemplos de carreras deportivas longevas y ausencia de jóvenes que sustituyan a los que están arriba. El panorama ha cambiado (aunque lamentablemente, en algunos deportes se sigue apostando por la especialización temprana que masacra a tantos potenciales talentos). En los Juegos Olímpicos de Rio hemos disfrutado de algunos veteranos exitosos. Uno de ellos, Ruth Beitia, la saltadora de altura española que regresó a la alta competición tras haberse retirado después de Londres, 2012, y ganó la medalla de oro con 37 años. Y qué decir de Michael Phelps, ganador de cinco medallas de oro y una de plata con 31 años, en un deporte, la natación, donde antaño se creía que los nadadores eran viejos cuando cumplían los 20. Lógicamente, también ha habido campeones jóvenes, pero ahí han estado esos y otros admirables ejemplos de veteranos exitosos. 

Hace dos semanas, tuvo lugar la presentación con su nuevo equipo de Alberto Contador, uno de los únicos seis ciclistas que han ganado las tres grandes vueltas en la historia de este deporte. Con 32 años volvió a ganar el Giro de Italia, y ahora, con 34, su objetivo es añadir a su palmarés otro Tour de Francia. Palabras mayores; pero el objetivo, aunque difícil, parece posible. Contador sigue siendo uno de los mejores del mundo y, de momento, no hay ningún ciclista español que le supere. El único que se le acerca es Alejandro Valverde, quien con 36 años también se mantiene entre los mejores. ¿Dónde están los siguientes?

El ejemplo más reciente lo hemos tenido en el Open de Australia de tenis que acaba de terminar. Las finales femenina y masculina han sido disputadas por cuatro jugadores de más de 30 años. Venus Williams (36), Serena Williams (35),  Rafa Nadal (30) y Roger Federer (35), y en la final de dobles masculino estuvieron los gemelos Brian (38). ¿Y los jóvenes?

Estos y otros ejemplos invitan a pensar, por un lado, qué hacen estos campeones "viejos” para mantenerse a tan alto nivel, y por otro, cómo es que no salen deportistas más jóvenes que les arrebaten ese liderato. Respecto a la primera cuestión, una explicación es que las ciencias del deporte avanzan, y eso supone mejores métodos de entrenamiento y recuperación, mejor material, mejor alimentación, mejores cuidados adicionales, etc., lo que repercute favorablemente en el rendimiento físico. 

Además, está la motivación. Por un lado, los incentivos económicos; ya que la continuidad conlleva ingresos muy importantes que benefician no sólo al deportista, sino también a quienes lo acompañan. Por otro, los incentivos emocionales; pues el deporte es una fuente de desafíos, satisfacciones y éxitos que enganchan mucho, y es difícil renunciar a eso.

También tiene un peso significativo el mayor grado de madurez de los deportistas. Ahora ven el deporte de una forma más tranquila y más objetiva. Son más conscientes de sus limitaciones, sus fortalezas actuales (que en ocasiones no coinciden con las de antes) y el camino que deben seguir para tener la opción de ganar. Siguen teniendo la energía que aporta la ambición de ganar, pues de otra forma no estarían ahí, pero ganar yo es una obligación, o no tanto como antes, y por tanto, perder ya no es la amenaza que suponía antaño. Eso favorece que disfruten más que sufran con su actividad. Todo esto les da una gran ventaja mental respecto a deportistas más jóvenes que todavía tienen que hacerse o consolidar un hueco en lo más alto.

Asimismo, influye su estrategia. En muchos casos compiten menos que antes, tienen más periodos de descanso y aprovechan las pausas para fortalecer aspectos concretos de su preparación física, mejorar algo en lo técnico y, sobre todo, cargar las pilas. Federer ha ganado el Open de Australia con 35 años, saliendo como cabeza de serie 17! Al competir poco, el ranking empeora, y no sé si alguna vez ha habido un campeón de un Grand Slam que iniciara el torneo desde una posición así, enfrentándose a los mejores desde los dieciseisavos de final, pero eso ha estado compensado, más que con creces, por el aprovechamiento que el jugador ha hecho de este tiempo de ausencia, ya que le ha servido para realizar un trabajo especial que de estar jugando casi todas las semanas no habría podido hacer; también, seguramente, para tener más “hambre”, llegar más fresco mentalmente y jugar con esa fortaleza física y psicológica que ha demostrado. Antes, yendo abajo en el quinto set, jamás habría ganado a un portento de la fortaleza psicológica como es Nadal (salvo lesión de este), pero en el quinto set de esta gran final fue él quien demostró estar más fuerte que un rival que también lo estuvo.

El caso de Nadal, aun habiendo perdido la final, es similar. Apartado de las competiciones debido a las lesiones, parece haber aprovechado bien ese tiempo para volver ahora con nuevos bríos, tal y como ha demostrado en Australia. Con 30 años quizá no llegue al nivel que tuvo antaño, que fue altísimo, pero vuelve a estar entre los mejores. Las lesiones pueden ser una gran oportunidad para descansar y fortalecer aspectos físicos, técnicos y psicológicos que ayuden a regresar incluso mejor de lo que se estaba antes. Hay muchos ejemplos en diferentes deportes que así lo demuestran. Por eso es inteligente aprovechar una oportunidad así, de la que carecen los que no se lesionan, salvo los veteranos que se dan cuenta y pueden permitírselo. Muchos campeones longevos lo son cuando regresan tras haber abandonado o  haberse tomado un descanso para cargar las baterías y mejorar en algo. ¿Por qué no lo hacen otros deportistas más jóvenes y sin necesidad de lesionarse?

En cuanto a los jóvenes, existen varios motivos que podrían explicar la falta de talentos al más alto nivel en determinados deportes. Uno es que al retirarse más tarde los que están arriba, es más difícil hacerse con un hueco entre los mejores, y eso elimina a algunos candidatos, bien por falta de recursos económicos para continuar (los recursos que no llegan por falta de suficiente éxito), bien por desánimo. Además, para llegar a lo más alto hay que entrenar muy duro y, sobre todo, ser muy fuerte mentalmente para involucrarse al máximo, renunciar a una vida más cómoda, enfrentarse a retos difíciles, manejar la presión que conlleva tener que ganar y responder a lo que los demás y el propio deportista esperan, superar múltiples adversidades, tolerar la frustración que suponen las derrotas y los contratiempos, mantener la ambición aunque las cosas vayan mal, no conformarse con metas menores, no acomodarse con los éxitos, tener paciencia, etc. En el primer mundo, las generaciones más jóvenes disfrutan de condiciones de vida y alternativas al deporte que dificultan el sobreesfuerzo físico y mental que es necesario para triunfar. No es una barrera definitiva, y de hecho hay grandes campeones que han disfrutado de un entorno cómodo, pero en bastantes casos, junto a otros factores, esto también influye.

El conformismo y el acomodamiento no son sólo un problema de algunos deportistas, sino también de entrenadores e instituciones. Por ejemplo, no hay muchos entrenadores dispuestos a intentar sacar adelante a un gran campeón con las implicaciones de dedicación y renuncia que eso conlleva, sobre todo cuando las contraprestaciones económicas a corto plazo no lo compensan. Es más cómodo, por ejemplo, trabajar en una escuela de tenis con chicos que entrenan un par de días a la semana, o limitarse simplemente a cumplir con quienes en principio pretenden llegar arriba y tarde o temprano tirarán la toalla, que implicarse al máximo con lo que eso supone. También están los entrenadores que exprimen a los deportistas jóvenes para obtener éxitos tempranos y satisfacer su ego y sus ambiciones cortoplacistas. Muchos de estos chicos se queman y salen frustrados. Lo fácil es masacrarlos y ver si así, además de ganar ahora, alguno que sobreviva sale. Lo difícil es elaborar un plan razonable en lo físico, lo técnico y lo psicológico que permita al deportista avanzar de verdad y tener la posibilidad de desarrollar al máximo su talento. En la sociedad actual se fomenta la búsqueda del éxito fácil y rápido. En el deporte, salvo casos muy excepcionales, es difícil alcanzar y mantener el éxito por ese camino.

La buena noticia de todo esto es que seguimos disfrutando de los "viejos" rockeros del deporte: de la belleza y emoción de sus extraordinarias actuaciones, de sus grandes gestas que ponen la piel de gallina y, sobre todo, de su encomiable ejemplo de superación.

Chema Buceta
29-1-2017

@chemabuceta