lunes, 19 de marzo de 2018

JAQUE AL RUGBY



¿Futbolización del Rugby?



Se las prometía muy felices la selección española de rugby, pues “sólo” tenía que ganar a Bélgica, un rival inferior, para estar en el próximo mundial. Un sueño que se había alimentado de méritos propios, derrotando en el último mes a Rumanía y Alemania, y una cobertura mediática y asistencia masiva de público, incluyendo al Rey Felipe VI, como nunca antes se había visto. En las últimas semanas, los buenos resultados, la presencia del monarca y las declaraciones del entrenador y los jugadores hablando de las excelencias de este equipo, su deseo insaciable de victoria, su determinación irreductible y su autoconfianza sin fisuras, calaron en los medios de comunicación y las redes sociales, y estos rescataron al rugby de su habitual anonimato. No, al nivel de protagonismo de Messi o Ronaldo, pero sí para despertar el interés de un gran número de personas.

Aprovechando esta plataforma mediática, también se habló de los valores del rugby: su deportividad, el respeto al árbitro, el tercer tiempo, etc. Somos muchos los que admiramos este deporte como ejemplo de máximo esfuerzo y al mismo tiempo respeto; en el que se lucha sin cuartel pero nadie protesta las decisiones del árbitro, se valora al adversario y se compite con dignidad; el escenario perfecto para educar a los jóvenes que lo practican y los adultos que los rodean; el modelo a seguir por otros deportes en los que, lamentablemente, con bastante frecuencia, se producen hechos bochornosos dentro y fuera del campo.

Como pasa tantas veces en el deporte, y más últimamente, gracias al potente impacto de las campañas agitadoras de los medios de comunicación, las redes sociales y, dónde existen, los departamentos de marketing o similares, el exceso de motivación puede jugar en contra de aquellos a quienes se pretendía beneficiar. La explicación psicológica es muy clara. Por un lado, esa sobremotivación contribuye a elevar el nivel de activación general del organismo (activación fisiológica y mental), y esa sobreactivación incide negativamente en el rendimiento. Así, el jugador sobreactivado toma peores decisiones y actúa con dosis de impulsividad o, al contrario, agarrotamiento, que no son las más apropiadas para rendir al máximo. Esto puede ocurrir durante todo el partido o sólo en algunas fases del mismo; incluso únicamente en pocas jugadas, pero provocando errores que resultan decisivos. 

Al mismo tiempo, puesto que las “estrategias” para motivar se suelen basar en el “seguro que podemos”, “tenemos que ganar como sea”, “no hemos llegado hasta aquí para fracasar”, "no podemos fallar", “vamos a hacer historia”, etc. y la euforia y “confianza absoluta” que se transmiten desde todas partes llegan a predominar en el ambiente, se crea una expectativa triunfal y una obligación de ganar (más aún, si se considera inferior al rival) que, de no cumplirse como se esperaba (por ejemplo, yendo con el marcador en contra o teniendo más dificultades de las previstas), transforman la motivación inicial en un estrés perjudicial que provoca una mayor sobreactivación e incide negativamente en el rendimiento.

No sé si es esto lo que le ha sucedido a la selección española de rugby, pero tiene pinta. Se trata de un partido que hay que ganar sí o sí, y las cosas no salen como se pensaba ante un rival inferior. Siempre con el marcador en contra. 12-0 en el descanso. No se consigue puntuar hasta que falta poco para el final, casi sin tiempo para remontar. Según se ha dicho después, “el equipo jugó mal”, “no estuvo a la altura”; y finalmente, Bélgica ganó. Una “tragedia” que no se esperaba. ¿Jaque al rugby? (Todavía queda la repesca; pero al parecer, la mejor oportunidad era esta).

Hasta aquí, algo que le puede suceder al más pintado, comprensible en deportes que necesitan salir del anonimato y aprovechan los focos para hacer ruido, darse a conocer más, vender entusiasmo y atender y atraer a seguidores y patrocinadores. Lógico. Ahora bien, si además se pretende obtener un buen resultado, es importante compaginar todo eso con el estado psicológico que el equipo necesita para ganar, y este, en los grandes partidos, no suele ser el de una euforia desmedida que provoca el subidón de los que más c… tienen, sino un estado de calma que compense la excitación lógica de ese momento y favorezca el análisis objetivo de las fortalezas y puntos débiles, la anticipación de dificultades que podrían plantearse y la elección y puesta en práctica de las mejores estrategias. El partido ya provoca una motivación alta, y por tanto, no hay que echarle más leña al fuego, sino compensar esa motivación para que no se pase de la raya y pueda canalizarse inteligentemente en beneficio del rendimiento.

Considerando la euforia existente antes del partido, es lógico que la decepción por la derrota de España haya sido grande, pero lo peor de todo, tal y como ha manifestado Alhambra Nievas, nuestra prestigiosa arbitro internacional, es que “se ha perdido mucho más que la clasificación directa a un mundial”. Ya en la retransmisión del partido, conforme este avanzaba y se veía que esa victoria tan esperada no se iba a producir, el comentarista empezó a hablar del mal arbitraje, y cuando terminó el partido se permitió resumir que “en este partido ha habido un protagonista: el árbitro”, cuya actuación contraria nos había hecho perder el partido. Esto no es nuevo, ya que este y otros comentaristas deben pensar que su misión es defender a la patria buscando un enemigo, el árbitro, cuando los resultados no acompañan. Una gran falta de responsabilidad social que una televisión pública debería tener muy en cuenta al seleccionar, aleccionar y evaluar a sus comentaristas deportivos.

¿Nos extrañamos de que haya espectadores o entrenadores que agredan a los árbitros o les insulten sin impunidad? ¿Es esta la mejor educación que puede ofrecer el deporte, menospreciando la autoridad del árbitro, humillándole y echándole la culpa de nuestros propios fracasos, en lugar de mirar hacia dentro para evaluar lo que hemos hecho mal? Es impropio de un comentarista profesional que tiene el poder del micrófono, abusar de este para culpar al árbitro como si fuera un hincha, un forofo, sin asumir la responsabilidad del daño que puede hacer a quienes le escuchan. Y es impropio de una televisión pública que sus profesionales transmitan un estilo de funcionamiento cobarde que justifica el fracaso echando la culpa a quien no puede defenderse.

El segundo comentarista, alguien del mundo del rugby, intentó contrarrestar la lamentable acusación del profesional de televisión, diciendo que había que respetar los valores del rugby, lo que suponía no hablar del árbitro, centrarse en superar esta decepción y pensar ya en la repesca que todavía da opción a clasificarse. Unas palabras muy sensatas en un momento difícil, muy coherentes con esos valores que tanto admiramos en este deporte. Pero la sorpresa no tardó en llegar; los jugadores españoles acorralaron al árbitro, supongo que le dijeron de todo (esto no puedo corroborarlo) y le obligaron a retirarse del campo protegido por personas que se interpusieron entre ellos y otras que sujetaron a los más envalentonados. Por un momento pensé que estaba en un partido de fútbol; pero no, aunque parezca increíble, ¡era rugby!; de ahí las declaraciones de Alhambra Nievas y otros muchos de este deporte que se han sentido avergonzados. ¿Futbolización del rugby?

Pasado un día, los jugadores, el entrenador y algún otro han pedido perdón, pero lo han hecho con la boca pequeña. Algunos han reconocido la gravedad de lo sucedido para la buena imagen de un deporte que presume de valores como el respeto y la deportividad por encima de todo, pero lo han achacado más a la actuación supuestamente partidaria del árbitro y, en menor medida o en absoluto, al inaceptable comportamiento propio. Este ha quedado eclipsado por su insistencia en que el árbitro les perjudicó y fue el principal responsable de la derrota. Alegan que era rumano y este resultado ha beneficiado a Rumanía; y que desde el primer momento, fue a por nosotros, a no dejarnos jugar; en fin, un atraco. 

Si en el rugby es posible que el árbitro sea de la misma nacionalidad que un tercer equipo implicado, es porque no se duda de su honestidad y se asume que se comportará con el fair-play que le corresponde y dignifica. Por eso no es extraño ver en un Gales-Escocia, por ejemplo, a un árbitro inglés, a pesar de que Inglaterra tambien participa en el torneo. Y si el árbitro se equivoca y te perjudica, se acepta con deportividad que es parte del juego. Se supone que ese es el ADN del rugby; una seña de identidad de la que este deporte se jacta. ¿O no? Evidentemente, se pueden cambiar las normas sobre las designaciones de los árbitros, pero habrá que hacerlo en el lugar apropiado y nunca en caliente. Y si aceptas jugar el partido con ese árbitro (aunque sea porque te lo imponen y no han atendido tu reclamación previa), pase lo que pase, hay que aguantarlo con dignidad y no dudar de su integridad, centrándote en lo que depende de ti para ganar el partido. ¿O es que lo hicimos todo bien? ¿De qué deporte estamos hablando? ¿Jaque al rugby?

Dice Alhambra Nievas que “debemos honrar los valores que el rugby defiende no sólo cuando es fácil, sino también cuando más cuesta”, y, de acuerdo con ella, sin duda se ha perdido, y se sigue perdiendo, una gran oportunidad de honrar esos valores, pues efectivamente, es en la adversidad cuando se demuestran los valores que tanto se pregonan. ¿Qué pueden pensar, hoy, los jóvenes que practican rugby, a los que se enseñan esos valores que ahora se han traicionado? ¿Qué ejemplo les han dado los jugadores internacionales, los ídolos en quienes se fijan, acorralando y persiguiendo al árbitro? ¿Qué ejemplo les siguen dando empeñándose en culpabilizarlo?

La frustración por no haber logrado un objetivo que se creía prácticamente alcanzado (casi se vendió la piel del oso antes de cazarlo) ha puesto el foco en un arbitraje que, según comentan muchos y yo no lo discuto, es muy probable que nos haya perjudicado, pero eso no es excusa para desviar la atención de los errores propios y, lo que es peor, traicionar la ética de un deporte hermoso, ejemplo de esfuerzo, deportividad y respeto que el deporte y la sociedad necesitan por encima de jugar un mundial. Sin embargo, de las declaraciones de algunos protagonistas se deduce que esto último es lo único que importa: “por lo civil o lo criminal” ha dicho el capitán. En el deporte de élite, la ambición por superarse y alcanzar metas valiosas, y la lucha sin rendición para poder lograrlo, perseverando sin tregua, levantándose una y otra vez cada vez que se tropieza, son valores de gran importancia que también enriquecen la educación de quienes lo observan, pero eso no justifica que cualquier medio valga; y el camino que, por su esencia, debe seguir el deporte, del que el rugby ha presumido siempre, es el del respeto a las reglas, el adversario y los árbitros, y el desarrollo de la fortaleza de aceptar la victoria y la derrota con la misma dignidad, con la cabeza alta, sin buscar excusas ni culpables externos.

Chema Buceta
19-3-2018

@chemabuceta
www.palestraweb.com
www.psicologiadelcoaching.es


lunes, 25 de diciembre de 2017

CUENTO DE NAVIDAD

                     Cuando escucho a los niños, noto en ellos más alegría que al recibir sus regalos”
                       Santa Claus


La empresa había crecido mucho, y él, su director general desde hacía bastantes años, era consciente de que los nuevos tiempos exigían nuevas formas de liderar. Antes, él llegaba a todo, pero ahora necesitaba directores que aportaran ideas, tomaran decisiones y, a su vez, fueran capaces de empoderar a sus propios subordinados. Lo tenía claro, pero otra cosa era ponerlo en práctica. Su costumbre raramente incluía escuchar y tener en cuenta ideas que no fueran las suyas, y además solía minimizar a quienes planteaban algo que no concordaba con lo que él pensaba, por lo que el hábito de no opinar se había instalado en esos directores que gestionaban los diferentes departamentos y filiales de la compañía, así como en los que sufrían el liderazgo mimético de estos, pues tendían a dirigir como a ellos los dirigían.

Había leído interesantes libros sobre liderazgo y trabajado con un coach que le había ayudado mucho, pero no era suficiente. Faltaba algo. Y él y los suyos necesitaban cambiar su estilo de dirección lo antes posible. Hablando con el director general de otra empresa surgió el tema, y este le recomendó una estrategia que él mismo había utilizado.

“Necesitas un modelo que te permita observar cómo puedes poner en práctica todos esos conocimientos”, le dijo su amigo.

“¿Un modelo?”, se sorprendió él. “Ya he visto muchos de esos role-playing, si es eso a lo que te refieres, y me ha venido bien, pero en la situación real es otra cosa”.

“No, no. Lo que yo te digo es que contrates a alguien que te sustituya en una situación real, por ejemplo, en una reunión; sin que nadie más lo sepa, claro; y así tu podrás observarle y verás el efecto que tiene”, explicó el otro director.

Germán, así se llamaba él, se quedó atónito. Pensó que su amigo le estaba tomando el pelo o se había vuelto majara, pero sabía que era un hombre con mucha experiencia, cuyo criterio respetaba, que no gastaba bromas cuando se trataba del trabajo.

“¿Y quién puede hacer eso?”, preguntó. ¿Y cómo no se van a dar cuenta de que no soy yo?, siguió preguntando. “Y cómo voy a observarlo si se supone que soy el que habla?”, no dejó de preguntar.

Fabio, así se llamaba el amigo, le puso en contacto con la prestigiosa agencia “El Sustituto S.L.”, y esta diseñó un plan muy innovador que Germán, con dudas respecto a su eficacia, esa es la verdad, aceptó poner en práctica. Y llegó el día D. Como estaba cerca la Navidad, todos los directores y el propio Germán (su sustituto) acudieron a una reunión vestidos de Papá Noel. La empresa les proporcionó el vestuario apropiado, incluidos la barba, la peluca y un almohadón para simular la gran panza de Santa Claus, y contrató a un especialista en vestir a actores para que los asistentes no fueran simples personas graciosamente disfrazadas, sino personajes auténticos. Un gran montaje. Aprovechando esta circunstancia, el sustituto pudo aparecer como si fuera Germán y este como uno más de los directores, pues allí, salvo en unos pocos, el anonimato era total.

Comenzó el sustituto la reunión dando las gracias por colaborar con la iniciativa y, sobre todo, por el esfuerzo realizado durante el año, lo cual sorprendió a la mayoría de los presentes, poco acostumbrados al agradecimiento de Germán. Después, siguiendo la información que previamente le había dado el verdadero director, planteó la necesidad de tomar una decisión estratégica y poner en práctica un plan de acción, para lo cual pidió a los directores que aportaran sus opiniones. El silencio fue la respuesta. Nadie se atrevió a hablar. Germán, parapetado en su disfraz, se puso tenso, al igual que estaban los demás soportando ese silencio que parecía infinito. El sustituto había preguntado con cordialidad, pero a pesar de eso, nadie levantaba la mano. Como ahora era uno más, nuestro amigo se puso en la piel de esos directores que no opinaban y se dio cuenta de su miedo a meter la pata, a no agradar, a caer en desgracia. 

El sustituto no perdió la calma. Sin acelerarse, ni alentar o rogar que participaran, pidió a los directores que lo comentaran en parejas con el Papá Noel que tenían al lado. Los directores se miraron extrañados, pues nunca habían hecho algo así, pero pronto comenzaron a interactuar y se involucraron mucho. Pasados unos minutos, el sustituto reunió de nuevo a todos y preguntó sobre lo que habían hablado. Nadie levantó la mano, pero él tuvo claro que su disposición era mejor, y aprovechándolo se dirigió a dos de ellos:

“¿Os parece bien empezar vosotros?”.

Respondieron afirmativamente y comenzaron a hablar, y el que hacía de director general se limitó a escuchar con atención y repetir lo que decían, pero sin valorarlo; después, preguntó a los demás si habían pensado lo mismo o algo diferente. Así, poco a poco, fuero hablando muchos de ellos, cada vez con más soltura, y durante todo el tiempo el sustituto se centró en escuchar y dar la palabra a unos y oros, repitiendo, resumiendo, señalando las coincidencias en lo que decían y también las discrepancias, pero sin posicionarse ni menospreciar ninguna idea. 

En su atalaya, Germán estaba impresionado. En el ejercicio por parejas había coincidido con el director de una filial que, curiosamente, no le había reconocido, y se dio cuenta del entusiasmo de este por compartir sus ideas con un compañero. Después, durante el debate colectivo, le impactó que los directores participaran tanto. Nunca había ocurrido antes. ¿Qué poder tenía ese sustituto? Quizá era por el anonimato de quienes hablaban, aunque es cierto que a algunos se les reconocía, pero también podía ser por la forma en la que el que dirigía facilitaba que participaran sintiéndose respetados. ¿Era este el gran secreto?

En un descanso, Germán y su sustituto se reunieron aparte del grupo. Este le preguntó en qué se había fijado, y siendo sus respuestas bastante apropiadas, le planteó que en la continuación fuera él quien dirigiera la reunión. Germán estaba asustado ante un desafío que no sabía si podría afrontar con éxito, pero el sustituto, con oportunas preguntas y alguna sugerencia, le ayudó a centrarse en lo más importante que tenía que hacer: acciones concretas que dependían de él, y, así, su autoconfianza se fortaleció. Además, utilizó un ejercicio de respiración que había aprendido, y eso le ayudó a rebajar la tensión. 

De nuevo en la sala, nadie notó el cambio. Germán siguió la pauta de su sustituto y los directores continuaron participando hasta alcanzar entre todos valiosas conclusiones. Finalizando la reunión, el director general se quitó el gorro, la barba y la peluca y pidió a los demás que también lo hicieran. Fue un momento muy divertido; algunos se habían caracterizado muy bien y sólo entonces se supo quiénes eran; y por supuesto, nadie supo del cambio de director. Aprovechando el buen ambiente, Germán les felicitó por haber participado tan activamente y les propuso que, a partir de ahora, habría reuniones participativas como esta, aunque sin los disfraces, y les alentó a que hicieran lo mismo con sus respectivos equipos.

“Tenemos que crear un clima no amenazante para que todo vosotros y quienes dependen de vosotros, puedan expresarse libremente; y para eso, tenemos que aprender a escuchar con interés sincero y respeto; ese será uno de los principales objetivos para el próximo año. ¿Os parece bien?”.

Cuando la reunión finalizó, el sustituto había desaparecido. Germán quiso darle las gracias por su decisiva aportación, pero no lo encontró, y nadie supo decirle cuándo se había ido. Pensó en llamar a la agencia al día siguiente, pero por la tarde esta se adelantó.

“Llaman de la agencia El Sustituto”, le informó su secretaria, muy extrañada, pues era la única que además de Germán, conocía lo sucedido. “Preguntan cuándo tienen que mandar a ese sustituto que habíamos pedido”.

“¿Cómo?” se sorprendió él. “¡Pero si ya ha estado aquí esta mañana!”.

“Eso les he dicho yo”, respondió la mujer. “Pero insisten en que ellos no han mandado a nadie, y menos con un traje de Papá Noel”.



¡Felices fiestas, y que el espíritu de la Navidad permanezca todo el año!

Chema Buceta
25-12-2018

@chemabuceta






 


domingo, 24 de diciembre de 2017

CHILDREN HUMILIATED

                                         Should he allow the weaker opponent to score?


(Adapted upon request from the Spanish version written on 20-12-2018)


I have written a lot about this subject, and I thought I would not do it again. However, I find hard to ignore so many absurd overprotective comments that often appear when a team wins by many goals or points in a children football or basketball game. This time it was in Las Palmas (Gran Canaria, Spain), where in a 10-year-old children's football match, the Unión Deportiva team (from the club whose professional team is in the top division of Spanish football) defeated a modest team by 47-0. Two days later, most probably there were not news about Ronaldo`s or Messi´s issues, and surprisingly, the sports section of a powerful national television network opened with the news of this "scandalous" result illustrated with a strong label: "Children humiliated”. Then, the usual: that in these ages the important thing is education (what education?), that the values ​​of sport… (without saying which values), that something must be done to avoid children having traumas (sic) , that from 5 or 10 goals difference no more goals should be registered in the score sheet…

The coach of the Union Deportiva (the winning team), who was considered by the media and the social networks as guilty for this "abuse", defended himself by saying that he had instructed his players to focus on different objectives rather than to score goals (!); obviously, seeing what happened, to play a football game without trying to score was something that these 10-year-old lads did not understand well; and furthermore, taking into account that the opponent is the last at the competition standing with no wins and neither draws, and has been heavily defeated by many other teams, the difficult thing was not to score unless the goal would had been removed!, an idea that I would not be surprised if soon is suggested by an illuminated "educator" or "psychologist". An adult linked to the defeated team, asked about how the children felt, said that they felt bad "because all the noise in the media and the social networks about their heavy defeat”. Not due to the defeat itself, but because the noise in the media and the social networks!


In these ages, children may participate either in non-competitive physical activity or competitive sport without giving importance to results, standings, etc., which usually is the most appropriate to  benefit from the experience; but if they compete, they compete; and then they have to learn to compete with dignity and accept any result. Losing by many goals or points is not humiliating, neither the kids usually perceive it like this in first place. We, the adults, through our comments in the media and social networks or expressing this in front of the kids, are the ones who encourage the idea that it is humiliating. On the contrary, losing by many goals or points is a great opportunity to become stronger and begin to understand life better. Obviously, if this happen every weekend it would be something very frustrating which will provoke that children feel discouraged and may want to quite from sport, so it is not good that this happen very often, although in no case will it cause traumas that impede the healthy development of children involved in sport. Please, do not invent!

The best situation is that a team that competes, play most of the games against opponents of similar level, but nothing happens if from time to time it loses or wins by a big score difference. And if a team receives heavy loses every week, this means that it is not participating in the competition that corresponds to its level. That being the case, the responsibility of the repeated abrupt imbalance in the scoreboard is not of those stronger opponents who put their effort into scoring goals (which is the purpose of the game), but of the adults who have registered that very weak team in the wrong league. Is there only that league? In football it is unusual that there are no other options, but being the only league available it would be more reasonable to find other alternatives to play football, such as for example, training to improve and playing games among themselves until the players have the proper level to compete against external opponents. 

It is questionable whether powerful clubs like the Union Deportiva or others, should have 10-year-old teams. Probably, they should not. They gather the best players of their environment weakening their opponents, and also have better means to prepare, so, usually, their competitive experience every week is killing very inferior rivals. Is that the best way to improve for those children who stand out now? Evidently, no; and in fact, the vast majority does not go very far. But this is another issue that should not deviate us. Whether being superior, similar or inferior to the adversary, participating in a competition match is, as the name indicates, competing; and in football that means trying your best to score goals and avoid that the other team scores. We talk about developing values ​​and education over sports performance in youth sport. Agree; but what values ​​are those? Don´t do the best effort? Is that educational? Respecting the weaker opponents is not to make it easy for them, but to act with sportsmanship, without mocking neither exceeding external signs of euphoria when the team is winning widely. With that respect, the inferior team is not humiliated. However, it is very humiliating to know yourself inferior and to see that the superior rivals don´t want to shoot to score because they feel pity about you. What about the dignity of those who lose? Is it related to a not bulky score, or to the fact that the opponent respects you as an equal? Children humiliated because they lose heavily, or because they are treated like low category poor boys who need a charity treatment?


About stopping the registration of goals or points in the official score sheet when the difference is very wide (for example, just after 10 goals in football or 50 points in basketball, as it is ruled in some regions of Spain), with all my respect to those who support this, it is one of the most aberrant and humiliating measures that I've heard in my life. The officials may stop registering goals or baskets achieved, but as currently happens, these will continue to be covertly counted by parents, coaches and the own children, so everyone will know what the real result is. Why this overprotection? We defend that sports should serve to educate children, and nevertheless, we teach them to ignore reality and believe in a lie to feel better. Educational? Values? It is much more humiliating to have to explain that the score sheet had to be closed because the other team had 10 goals of advantage in the 20th minute, than saying that the other team was much better and then won by many goals or points. Moreover, as I pinpointed above, the latter is not humiliating, but part of a competition game. And the experience of many years in sport is that, regardless how hard it is, children learn to assume defeat when adults around them accept it naturally. Those who speak of humiliation are coaches, managers, organizers and parents. They are the ones who feel humiliated or interpret that children are humiliated. It is the ego of adults that suffers, and that is coupled with the tendency to overprotect children: always have to have fun; always have to be happy; never have to feel the slightest disappointment or frustration. Is this education for life?

In "Alice in Wonderland", there is a race in which the participants leave and arrive from and to where they want, and in the end, the verdict of the dodo bird is that all have won and, therefore, all must get the prize. When sport becomes this, it may continue to be a source of entertainment, but it loses its strength as an educational and value development tool. The sport competition is a very valuable instrument to learn to tolerate frustration, overcome difficulties, persevere to improve, seek excellence and become mentally stronger, always respecting colleagues, opponents and rules. A powerful tool that teaches to accept that sometimes you win and others you lose,  and offers the opportunity to learn to manage both "impostors": victory and defeat; the joy and the disappointment. Obviously, the competitive dose should be appropriate according to the age and level of the participants, but this does not mean that absurd norms must distort which in reality means competing. Following the aberrant contradiction of  “doing competitive sport but without competing”, why not to establish that all the teams, necessarily, have to score a minimum of goals so that the children leave happy and have no “traumas”? In the last part of the game, the goalkeeper of the team winning by many goals would have to let the opponent to score (educational?). And even if those goals were not scored, the score sheet of the game would reflect that they were achieved (educational?). It could be also established that those who are much better should play just with one leg, or to remove from the pitch the goal of the team that is losing, so the superior opponent can´t get more goals. More ideas to enhance the "educational" values of sport?


The problem is not in the competition, neither the solution in adulterating its essence, but in how we adults handle such a powerful tool. There are coaches who are obsessed with winning at all costs; parents who press and overprotect their children; organizers who invent rules to justify their presence; and media that take advantage of striking results to denounce alleged grievances that are soon forgotten. Luckily, there are also many adults who act responsibly and understand that the protagonists are the children and not their own egos, disruptive ideas or changing emotions. These adults understand, and act accordingly, that truly competing, with better and worse days, joys and frustrations, help young athletes to become stronger to face life, and that both inappropriate demands and overprotection nullify or minimize this valuable effect.

"We lost 47-0 and we go with our heads up because we did what we could and the rivals were much better. Congratulations to them. And thank you for treating us with respect, without feeling pity for us. Now we are somewhat discouraged, a little low. It is normal. But on Tuesday we will train and have fun playing football again. And next week we have another game. Let's see if we do it better than today”.


In order to take advantage of sport to develop mental strength and promote key values ​​to cope with life, it would be more appropriate that adults help children to react more or less like above, instead of insisting on the absurdity of being humiliated or supporting that the score sheet of the game should reflect a lie. Children humiliated, or adults who miss the opportunity to educate them?

Chema Buceta
Basketball Coach and Sport Psychologist
(English version: 24-12-2017)
 @chemabuceta

miércoles, 20 de diciembre de 2017

NIÑOS HUMILLADOS

                                    ¿Debería dejarse meter el gol por ser el rival inferior?

He escrito mucho sobre esto y pensaba no volver a hacerlo porque ya no sé cómo expresarlo mejor, pero me pueden los comentarios sobreprotectores que se escuchan cada vez que hay un resultado abultado en el fútbol benjamín o alevín. Esta vez ha sido en Las Palmas, donde en un partido de niños de 10 años, el equipo de la Unión Deportiva (del club cuyo equipo profesional está en la primera división del fútbol español) ha vencido a un equipo modesto por 47-0. En la mañana de ayer, lo más probable es que Cristiano hubiera defecado sin ningún problema y a Messi le hubiesen funcionado bien todos los electrodomésticos, porque sorprendentemente, el espacio de deportes del telediario de una destacada cadena nacional abrió con la noticia de este "escandaloso" resultado ilustrada con un contundente rótulo: “Niños humillados”. Después, lo de siempre: que en estas edades lo importante es la educación (¿qué educación?), que si los valores del deporte (sin decir cuáles son), que hay que hacer algo para que los niños no tengan traumas (sic), que a partir de 5 o 10 goles de diferencia no se deberían anotar más goles en el acta del partido… 

El entrenador de la Unión Deportiva, al que al parecer algunos medios han culpado de tan grave afrenta, se defendió diciendo que había dado instrucciones a sus jugadores para que se centraran en objetivos diferentes a meter goles (!); sin embargo, visto lo visto, lo de jugar un partido de fútbol sin intentar meter el balón en la portería contraria fue algo que estos chavales de 10 años no comprendieron; además, teniendo en cuenta que el adversario es el último de la clasificación y ha recibido palizas de otros muchos equipos, lo difícil era no marcar; salvo que hubieran quitado la portería, idea que no tardará en aportar algún insigne “pedagogo” o “psicólogo”. Un adulto vinculado al equipo derrotado, preguntado por cómo estaban los niños, dijo que se sentían mal “por todo lo que se estaba hablando en los medios de su derrota”. No por la derrota en sí, sino por toda la bola que se le estaba dando.

¿Qué puedo añadir que no haya dicho otras veces? Nada nuevo; sólo insistir. En estas edades, se puede practicar actividad física no competitiva o deporte de competición sin darle trascendencia a los resultados, la clasificación, etc., pero si se compite, se compite; y los niños tienen que aprender a competir con dignidad y aceptar cualquier resultado. Perder de paliza no es humillante. Somos los adultos quienes fomentamos que pueda serlo a través de nuestros comentarios en los medios de comunicación y las redes sociales o presentándoselo así a los chicos. Perder de paliza es una gran oportunidad para fortalecerse y empezar a comprender mejor la vida. Obviamente, si eso sucede todos los fines de semana será muy frustrante y repercutirá en que los niños se desanimen y quizá quieran abandonar, por lo que no es aconsejable que acontezca como norma, pero en ningún caso ocasionará traumas que impidan el desarrollo saludable de los participantes. Por favor, ¡no inventemos chorradas!

Lo mejor es que un equipo que compite, lo haga la mayoría de los partidos contra adversarios de nivel similar, pero no pasa nada porque de vez en cuando reciba o dé una paliza. Y si un equipo, como sucede en este y otros casos, recibe palizas todas las semanas, es que no está participando en la competición que le correspondería. Siendo así, la responsabilidad del repetido desequilibrio brusco en el marcador no es de quienes ponen su empeño en marcar goles (que es el objetivo de un partido), sino de aquellos adultos que han inscrito a ese equipo muy débil donde no debían. ¿Es que sólo existe esa liga? En fútbol es raro que no haya otras opciones, pero si no las hubiera, sería más razonable que hasta tener el nivel que les permita competir con cierta igualdad frente a rivales que ahora son superiores, la actividad deportiva de esos chicos se organizara de otra manera: por ejemplo, con entrenamientos para mejorar y una competición interna.

Es cuestionable si los clubes grandes como la Unión Deportiva u otros, deben tener equipos de niños de 10 años. Probablemente, no. Reúnen a los mejores jugadores de su entorno debilitando a sus adversarios, y disponen de mejores medios para prepararse, por lo que, habitualmente, su experiencia competitiva es dar paliza tras paliza a rivales muy inferiores. ¿Es eso lo mejor para que esos niños que ahora destacan se superen? Evidentemente, no; y de hecho, la gran mayoría no llega muy lejos. Pero esta es otra cuestión que no debe desviarnos del tema que hoy nos ocupa. Ya sea siendo superior, similar o inferior al adversario, si se participa en un partido de competición es, como su nombre indica, para competir; y en el fútbol, eso supone esforzarse al máximo para meter goles y que no te los metan. Se habla de los valores y de la educación por encima del rendimiento deportivo. De acuerdo; pero ¿qué valores son esos? ¿no esforzarse al máximo? ¿es eso educativo? Respetar al adversario no es darle facilidades, sino actuar con deportividad, sin mofarse ni excederse en los signos externos cuando se le está ganando ampliamente. Con ese respeto no se le humilla. Sin embargo, es muy humillante saberte inferior y ver que el rival superior no quiere tirar a gol porque le das pena. ¿Dónde está la dignidad de los que pierden? ¿Está en que el resultado no sea abultado, o en que el rival te haya respetado de igual a igual? ¿Niños humillados porque les golean, o porque les tratan como pobres futbolistas de categoría ínfima que necesitan un trato de caridad?

Y lo de parar el marcador, algo que por lo visto se extiende en esta contradicción de deporte de competición pero sin competir, es de lo más aberrante y humillante que he oído en mi vida. Por mucho que se dejen de anotar oficialmente los goles o las canastas, se seguirán contando de forma encubierta y todos sabrán cuál es el verdadero resultado. ¿Por qué esa sobreprotección?  Hablamos de que el deporte debe educar y, sin embargo, enseñamos a los niños a ignorar la realidad y creer en una mentira para que se sientan mejor. ¿Educativo? ¿Valores? Es mucho más humillante tener que explicar que se tuvo que cerrar el acta porque el otro equipo llevaba 10 goles de ventaja en el minuto 20, que decir que se jugaba contra un equipo muy bueno y nos metieron un palizón. Es más, como señalé antes, esto último no es humillante, sino parte del juego de un partido de competición. Y la experiencia de muchos años en el deporte es que, por muy abultada que sea, los chicos aprenden a asumir la derrota siempre que los adultos que los rodean la acepten con naturalidad. Los que hablan de humillación son los entrenadores, los directivos y los padres. Ellos son los que se sienten humillados o interpretan que los chicos lo están. Es el ego de los adultos el que sufre, y a eso se une la tendencia a sobreproteger a los niños. Qué siempre se diviertan; qué siempre estén contentos; qué no tengan la más mínima contrariedad, decepción o frustración.¿Es esta la educación para la vida?

En “Alicia en el País de las Maravillas”, hay una carrera en la que los participantes salen y llegan desde y hasta donde mejor les parece, y al final, el veredicto del pájaro dodo es que todos han ganado y, por tanto, todos deben obtener el premio. Cuando el deporte se convierte en esto, puede seguir siendo fuente de entretenimiento, pero pierde su fuerza como herramienta educativa y de desarrollo de valores. La competición es un instrumento muy valioso para aprender a superarse, tolerar la frustración, perseverar, endurecerse y buscar la excelencia respetando a los compañeros, los adversarios y las reglas. Una herramienta poderosa que enseña a aceptar que unos ganan y otros pierden y ofrece la oportunidad de aprender a gestionar a ambos “impostores”: la victoria y la derrota; la alegría y la decepción. Evidentemente, la dosis competitiva debe ser la adecuada en función de la edad y el nivel de los participantes, pero eso no quiere decir que haya que tergiversar con normas absurdas lo que en realidad supone competir. ¿Por qué no exigir que todos los equipos, obligatoriamente, tengan que marcar un mínimo de goles para que así los chicos se vayan contentos y no tengan traumas? En la última parte del partido, el portero del equipo que vaya ganando por muchos goles se tendría que dejar meter un par de ellos (¿educativo?). Y aunque no se metieran esos goles, el acta del partido podría reflejar que sí se consiguieron (¿educativo?). También se podría obligar a los que son mejores a jugar a la pata coja, o quitar la portería del equipo que vaya perdiendo para que no le metan más goles. ¿Más ideas para potenciar el valor "educativo" del deporte?

El problema no está en la competición ni la solución en adulterar su esencia, sino en cómo manejamos los adultos una herramienta tan potente. Hay entrenadores que se obsesionan con ganar a toda costa; padres que presionan y sobreprotegen a sus hijos deportistas; organizadores que inventan reglas para justificar su presencia; y medios de comunicación que aprovechan resultados llamativos para denunciar supuestos agravios de los que pronto se olvidan. Por suerte, hay muchos adultos que actúan con responsabilidad y entienden que los protagonistas son los niños y no sus propios egos, ideas disruptivas o emociones cambiantes. Estos comprenden, y obran en consecuencia, que compitiendo de verdad, con días mejores y peores, alegrías y frustraciones, los deportistas jóvenes se hacen más fuertes para afrontar la vida, y que tanto la exposición y exigencia inapropiadas como la sobreprotección anulan o minimizan este valioso efecto.  

“Hemos perdido 47-0 y nos vamos con la cabeza alta porque hemos hecho lo que hemos podido y los rivales eran mucho mejores. Enhorabuena a ellos. Y gracias por habernos tratado con respeto, sin que les diéramos pena. Ahora estamos algo desanimados, un poco hundidos. Es lo lógico. Pero el martes volveremos a entrenar y a pasarlo bien jugando al fútbol. Y la semana que viene tenemos otro partido. A ver si lo hacemos mejor que hoy”. Con el propósito de aprovechar el deporte para desarrollar la fortaleza mental y fomentar valores clave para afrontar la vida, sería más coherente que los adultos ayudáramos a que los chicos reaccionasen más o menos así, en lugar de insistir en el absurdo de que se les ha humillado o plantear que el acta del partido debería reflejar una mentira. ¿Niños humillados, o adultos que perdemos la oportunidad de educarlos?

Chema Buceta
20-12-2017

@chemabuceta


sábado, 25 de noviembre de 2017

¿EXIGIR, O EXPLOTAR?

El que lidera debe comprender las necesidades y prioridades de quienes le siguen





La semana pasada, el dominical de un periódico dedicó un artículo a la motivación de los trabajadores que tienen un jefe apasionado, adicto al trabajo, que exige una dedicación de entrega casi completa. Planteaba un caso concreto en el que no es fácil seguir el altísimo nivel de exigencia de un director que considera al trabajo “como a un hijo” para el que, al igual que a este, hay que darlo todo de manera prioritaria.  

No cabe duda de que los jefes apasionados por su trabajo pueden transmitir a sus subordinados emociones positivas que favorezcan su rendimiento y satisfacción y, como consecuencia de ello, la obtención de buenos resultados. La pasión o, al menos, una dosis generosa de entusiasmo, es un ingrediente esencial en cualquier proyecto que pretenda tener éxito, pero siempre que se administre en la dosis adecuada en función de la situación, el momento y las circunstancias de la personas implicadas. Sin embargo, se puede volver en contra cuando se tira del carro más de la cuenta a un ritmo que no sintoniza con el que los demás pueden o están dispuestos a soportar, o que en cualquier caso, debido al desgaste que provoca, no es aconsejable para garantizar el máximo rendimiento a medio/largo plazo.

Puesto que necesitamos trabajar, no siempre podemos abandonar el barco que no nos satisface, lo que supone, tal y como sugiere ese artículo, que si tenemos un capitán cuya pasión nos arrolla, no nos queda más remedio que adaptarnos a él so pena de que nos deje en tierra o nos tire al mar. Trabajar y ganar dinero es una prioridad, y por eso, salvo excepciones, no hay otra que ponerse las pilas y, mientras se pueda aguantar, seguir el ritmo que el patrón marca. “Están tan motivados que trabajan 12 horas diarias o más”. ¿Motivados? ¿O cautivos? Evidentemente, si somos tan apasionados como el jefe y nos va esa marcha, miel sobre hojuelas; aunque no por eso deja de ser desgastante el exceso, y son muchos los workaholics cuyo rendimiento y salud acaban deteriorándose. 

Ese artículo me hace recordar la desafortunada metáfora del cerdo y la gallina que usan algunos “gurús”. Se pregunta quién se implica más en el desayuno (anglosajón), ¿el cerdo, o la gallina? Y la respuesta habitual es que el cerdo, ya que para proporcionar el beicon lo da todo, mientras que la gallina aporta los huevos con un sacrificio menor. La ¿ingeniosa? conclusión provoca, o al menos eso pretende, que los asistentes reflexionen sobre si son más cerdos que gallinas o al contrario; y, en caso de liderar equipos, sobre qué son sus subordinados: ¿Quiénes son los cerdos? ¿quiénes son las gallinas? ¿tengo más cerdos, o más gallinas? ¿qué puedo hacer para que las gallinas se conviertan en cerdos? Sin duda, a ese jefe apasionado que arrastra a quienes no tienen más remedio que seguirle, le encantará tener una piara repleta de cerdos, y más tarde o más temprano, querrá deshacerse de las gallinas que no sean capaces de transformarse.

La metáfora sería divertida si no fuera por la falta de respeto que conlleva clasificar a las personas entre cerdos o gallinas y, sobre todo, porque hay mucho iluminado que se lo toma en serio. Conocí a un directivo al que vendieron esta moto. A la semana siguiente reunió a sus subordinados para compartir el ingenioso descubrimiento y decirles que a partir de ese momento, "sólo quería en su equipo a verdaderos cerdos”. “Tenemos que ser ambiciosos, y las gallinas no tienen sitio aquí. Si queremos conseguir los objetivos, tenemos que ser cerdos y sólo cerdos”. Brillante.

¿Realmente aporta más el que, como el cerdo, lo da todo una sola vez, o el que, como la gallina, es consistente y contribuye todos los días con un producto de calidad? ¿Preferimos a empleados de usar y tirar que lo sacrifican todo y se queman pronto, o a los que gracias a una vida equilibrada y feliz, garantizan un rendimiento alto y fiable tanto a corto como a medio y largo plazo? Exigir no equivale a explotar. El que dirige debe estimular la ambición y evitar el acomodamiento de quienes lidera, y por tanto, tiene que exigir; pero no por exigir más, hasta el punto de explotar, el rendimiento es mejor. A veces, puede serlo en cuanto a cantidad y a corto plazo; pero en calidad y a medio plazo, no.

Muchos directores no distinguen entre el producto final y el proceso que conduce a este. Se puede ser ambicioso, muy ambicioso, respecto al producto final, pero eso no quiere decir que el mejor proceso sea machacar a la gente; más bien, al revés: se saca lo mejor de las personas cuando a estas les satisface el equilibrio entre su actividad profesional y su vida personal; cuando no ven el trabajo como, simplemente, una forma de ganar dinero, sino además, como fuente de buenas experiencias y crecimiento personal; cuando se sienten personas dignas que verdaderamente importan como tales más allá de su rendimiento laboral.

Los directores que entienden esto, ya sea en la empresa, el deporte, la educación o cualquier otro entorno, y actúan en consecuencia, involucran mejor a los suyos en los proyectos comunes y casi siempre consiguen un rendimiento mejor. Sin embargo, existen bastantes casos en los que a aquellos que mandan, todo esto les importa un pimiento. Su política es de usar y tirar, de exprimir todo lo posible y sustituir al que flaquee y ya no pueda seguir el ritmo.

En el conocido libro de Dominique Lapierre, La Ciudad de la Alegría, que más tarde se llevó al cine, a Hasari Pal, padre de una familia muy pobre que vive en la miseria de Calcuta, por fin le llega la oportunidad de mal ganarse la vida tirando de un carrito que transporta gente. Es una actividad física muy dura que afecta gravemente a la salud de quien la realiza, y la ocasión se presenta cuando el que lo conducía antes, cae definitivamente enfermo; algo que más adelante, le ocurre también a él. Cuando esto último sucede, Hasari entrega el carrito que le ha consumido y ve que le llega el turno a otro hombre sano que como le sucedió a él, lo espera como agua de mayo. Sin ser tan extremas, por supuesto, ya que al menos en el primer mundo existen los derechos de los trabajadores, en la empresa y el deporte existen situaciones análogas que propician jefes como el de ese artículo.  Los supervivientes, continúan; y a los que no resisten, se los sustituye. A esos jefes no les preocupan las bajas; siempre hay candidatos esperando a que quede un carrito libre.

Pero, ¿dónde están el respeto y la ética que merece un ser humano? ¿El fin justifica cualquier medio? ¿Justifica, por ejemplo, que haya que estar contestando los emails del jefe a las once de la noche o los domingos por la tarde? Desde luego, hay situaciones excepcionales que así lo requieren, y cualquier trabajador implicado lo entiende y echa el resto cuando verdaderamente hace falta. Otra cosa es que se convierta en norma; que la vida privada del subordinado siempre esté en segundo plano. Qué el jefe sea un adicto al trabajo no justifica que los demás tengan que seguir su ritmo. Muchas cosas no son tan urgentes y pueden esperar al día siguiente. Bastantes veces, más que en algo objetivo, la urgencia parte de la ansiedad de quien manda, su deseo de cerrar asuntos y su mal uso del poder sobre sus subordinados. Muchos directivos lo hacen sin darse cuenta, sin mala intención; simplemente, asumen como algo natural que los demás deben seguir el ritmo que a ellos les va bien. Sus jefes lo hacen con ellos; y ellos lo hacen con los suyos.

¿Es extraño que se fuguen talentos cuando tienen la oportunidad de hacerlo? Hoy en día las empresas se esmeran por captar talento, pero no basta con eso. Después, es necesario cuidarlo, y eso implica tener muy en cuenta el factor humano, la importancia de compaginar el trabajo con la vida personal, de sentirse una persona digna cuyo tiempo privado se valora.

Una de la principales habilidades de quienes dirigen a otros es ponerse en el lugar de estos, comprender sus necesidades y prioridades y ayudarles a regular su esfuerzo. Otra es controlar su propio entusiasmo y su propia ansiedad para que estos no guíen su forma de exigir a sus subordinados. Los cerdos están bien para los que les gusta desayunar con beicon, y por supuesto, para disfrutar de uno de los manjares más exquisitos: el jamón; pero sobran en los equipos. En estos necesitamos personas capaces que se involucren saludablemente y den lo mejor de sí mismas sin tener que ir al matadero. Exigir, sí; pero no explotar.


Chema Buceta
25-11-2017

Twitter: @chemabuceta




viernes, 22 de septiembre de 2017

UN BLANCO FÁCIL

                                                          ¿siempre culpables?


Un año más he tenido el privilegio de trabajar con los árbitros internacionales de baloncesto, esta vez en el reciente Eurobasket celebrado en Turquía. Cuando lo hice por primera vez en 2007, no fui consciente de todo lo que aprendería y disfrutaría ayudándoles a optimizar su rendimiento incidiendo en los aspectos psicológicos. 10 años más tarde, tras haber participado en seis Eurobaskets masculinos, cuatro femeninos, un mundial masculino y los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro, puedo concluir que ha sido y sigue siendo uno de mis retos profesionales más interesantes y gratificantes como psicólogo del deporte.

Cuando un jugador falla un tiro fácil debajo del aro, tiene un porcentaje de acierto muy bajo desde la línea de tiros libres, no llega a tiempo a una ayuda en defensa o no impide que le quiten el rebote, algo que es habitual en casi todos los partidos, se asume, como así es, que esos errores forman parte del juego y, por tanto, se perdonan. Sin embargo, un solo error del árbitro en ese mismo partido, se puede llegar a magnificar hasta hacerle responsable de una derrota a la que los desaciertos propios de los jugadores y el entrenador han contribuido mucho más. Es sencillo criticar a los árbitros. Son humanos; y al igual que los demás protagonistas, se equivocan; aunque mucho menos que quienes pierden balones, fallan canastas o desperdician los tiempos muertos. El árbitro es un blanco fácil, pues no tiene seguidores a los que dorar la píldora ni nadie que le defienda, y por su cualidad de figura neutral, se mantiene en el anonimato y aguanta carros y carretas de quienes se ensañan cobardemente con el respaldo de un medio de comunicación, un club o una masa social a la que se contenta dándole caña. Un blanco fácil e injusto.

La falta de respeto al árbitro está presente sobre todo en el fútbol. Allí, presidentes, entrenadores y jugadores  de los principales equipos, junto a los medios de comunicación que pretenden vender sus tertulias y periódicos a los seguidores acérrimos, actúan irresponsablemente dando lugar a numerosos imitadores en las categorías menores, donde los árbitros son auténticos héroes y, cada vez con mayor frecuencia, asistimos a espectáculos lamentables de insultos, vejaciones y agresiones. Menospreciar y humillar al árbitro es lo normal, lo que se hace en los grandes estadios, lo que con su falta de respeto, se fomenta desde los niveles más altos. Hay muchos ejemplos. Uno de ellos, por ser reciente y de un jugador muy mediático, es el de Cristiano Ronaldo esta misma temporada. Empujó a un árbitro y le penalizaron con cinco partidos, la sanción mínima en estos casos, perdiéndose la oportunidad de un castigo verdaderamente ejemplar. Pero lo peor fue que el director de un periódico se permitió escribir que era una sanción muy dura “por casi nada”. Sin comentarios. ¿Sería extraño que a lo largo de la temporada, jugadores de categorías regionales y locales, entrenadores y padres  enfurecidos agredieran al árbitro? No sería la primera vez. Sin duda un blanco muy fácil para justificar las deficiencias propias y tapar la frustración de sentirse incompetentes. Pero si lo hacen los que están arriba...

En el último Eurobasket, los árbitros han sido un blanco fácil para quienes han pretendido atacar a la federación internacional por otros asuntos. Al no estar presentes los que arbitran en la Euroliga, algunos han despreciado injustamente a los que acudieron a la cita, cuando muchos de estos han arbitrado antes en Juegos Olímpicos, Copas del Mundo y otros Eurobaskets, y su nivel no es inferior al de los ausentes. Es cierto que han faltado árbitros con experiencia y prestigio, al igual que ha sucedido con algunos jugadores, pero no por eso, todos los que han arbitrado tienen un nivel más bajo. Aunque si se trata de sacar punta, siempre es fácil con los árbitros. Pasó, por ejemplo, en la semifinal de los Juegos Olímpicos entre Estados Unidos y España, donde se les criticó mucho a pesar de ser de los de mayor prestigio, lo que demuestra que si se les quiere criticar, da igual quién sea el árbitro: se apunta al blanco, se dispara y ya está. Da igual que sea justo o injusto. Y se queda bien con quienes quieren oír cómo se machaca al que no puede defenderse. En España somos muy dados a criticar al árbitro cuando perdemos o las decisiones de este no nos favorecen. Si es al revés, no decimos nada, claro; pero cuando es en contra, enseguida apuntamos al blanco  Pasa en muchos deportes. No tardamos en sentimos perseguidos por una conspiración mafiosa antiespañola o algo así. Es parte del guión de muchos comentaristas y periodistas que se convierten en hinchas irracionales o creen que su cometido es alimentar a estos echándole leña al fuego. Muchos sentimos indignación y vergüenza ajena por ese comportamiento cobarde que además de innecesario, es un insulto a la inteligencia del espectador maduro. Evidentemente, si el árbitro se equivoca, es razonable señalarlo; pero sería deseable que se hiciera en la medidad apropiada, no exagerando ni buscando confabulaciones donde no las hay, y siempre con el mismo respeto que sin embargo se tiene cuando se equivoca un jugador o un entrenador.

En este Eurobasket, aprovechando las circunstancias, algunos han magnificado los errores de los árbitros. Sin embargo, la realidad ha sido que en general, sus actuaciones han estado al nivel que exigía el campeonato.  Errores aislados, por supuesto. Lo contrario sería una fantasía. Pero globalmente, buenas actuaciones y muchas de ellas muy buenas con un excelente trabajo en equipo, tal y como certifican numerosos comentarios muy positivos. Turquía, por ejemplo, jugando en casa, ha perdido cuatro de sus seis partidos, y sin embargo, de su parte no ha habido críticas negativas a los árbitros, sino al contrario. ¿Lo podrían haber hecho mejor? Siempre se puede. Pero eso no quiere decir que lo hayan hecho mal. Por ejemplo, se dice que España ha hecho un buen campeonato, algo que comparto; pero eso no significa que no haya cometido errores y existan aspectos en los que se podría mejorar. Lo mismo se puede decir de los árbitros.

Hoy en día, los árbitros internacionales (al menos en el baloncesto y el fútbol, pero seguramente, también en otros deportes que conozco menos) son profesionales que se cuidan y preparan a conciencia. Entrenan físicamente y controlan su alimentación y la prevención de lesiones para estar en forma y responder a las demandas de los partidos corriendo y minimizando el cansancio. Trabajan para mejorar la técnica de arbitraje: su posición en el campo, la toma de decisiones, el control del partido, la coordinación con sus compañeros, etc. Estudian su deporte desde la perspectiva de los entrenadores y los jugadores. Desarrollan habilidades psicológicas para controlar el estrés, mantener la concentración, comunicarse mejor con los entrenadores y los jugadores, trabajar en equipo y estar ágiles para comprender las necesidades del partido. Preparan cada partido utilizando videos e información sobre los equipos al igual que hacen estos. Analizan sus actuaciones con un espíritu crítico para poder mejorar. Y al igual que los jugadores, reciben feedback y directrices de sus entrenadores (instructores) y están expuestos a la evaluación de sus directores. Pueden arbitrar con mayor o menor acierto, pero merecen respeto y reconocimiento por su alto compromiso con su profesión y su deporte y su gran determinación por aportar el liderazgo eficaz que exigen los partidos al más elevado nivel.

La ignorancia conduce al atrevimiento de criticar a destajo, pero cuando estás dentro, como es mi caso en los últimos 10 años, te das cuenta de la intensidad y responsabilidad con las que los árbitros viven la dedicación a su deporte, cómo se esmeran por mejorar, asumen la trascendencia de sus actuaciones y dan lo mejor de sí mismos como cualquier otro deportista que persigue la excelencia. Evidentemente, como sucede con los demás actores, hay árbitros más y menos involucrados con su profesión, pero en general, los que están arriba suelen ser un ejemplo de dedicación, compromiso y responsabilidad.

Chema Buceta
22-9-2017

Twitter: @chemabuceta

domingo, 6 de agosto de 2017

EL HÉROE Y EL VILLANO

                                                      Lo cortés no quita lo valiente




La gran noticia del deporte, hoy, más (afortunadamente) que nos sigan dando la tabarra con el fichaje de Neymar o nos cuenten cómo Cristiano Ronaldo se ha cepillado los dientes, es la derrota de Usain Bolt en la final de los 100 metros del campeonato del mundo de Atletismo que se celebra en Londres. Justin Gatlin ha sido el vencedor, el único que, desde 2008, ha sido capaz de batir a Bolt en una competición de este calibre. Pero la noticia es la derrota de Bolt: el héroe; y sólo en relación con esta, la victoria de Gatlin: el villano. Hasta cierto punto es lógico. Bolt es el velocista más grande de la historia, y así lo reconoció el propio Gatlin arrodillándose ante él tras haberlo vencido. ¡El vencedor se arrodilla y venera al derrotado! Un gesto sin par que muestra la grandeza de ambos, del deporte en su más pura esencia y, por supuesto, del atletismo, donde siempre encontramos extraordinarios ejemplos de maridaje entre la más exigente competitividad, el compañerismo entre los rivales y una exquisita deportividad.

Gatlin no es un desconocido. Con solo 22 años, fue campeón olímpico del hectómetro en Atenas-2004 y, al año siguiente, en Helsinki, campeón del mundo en 100 y 200 metros. Después, sancionado por dopaje, no pudo competir hasta 2010, cuando ya Bolt era el rey indiscutible en ambas distancias. Desde entonces, siempre a la sombra del jamaicano, al que derrotó en un encuentro de la Diamond League en 2013, ha sido segundo en casi todos los pódiums importantes. Por tanto, si alguien podía vencer al grandísimo Bolt era él, aunque ya con 35 años, nadie daba un euro por tal hazaña y el acento se ponía en Christian Coleman, de 21 años, como la gran amenaza que, como siempre había ocurrido, acabaría siendo superada por el legendario campeón. Ese era el guión. El que la mayoría, incluidos los gurús del marketing, esperaba ver ¿por última vez?

Bolt anunció que con casi 31 años, esta sería su última participación en un evento de tanta envergadura. ¿Demasiado mayor? Sus marcas en los últimos años indican que ya no es el “extraterrestre” de antaño, pero no justifican una retirada que sólo tiene la explicación del hartazgo, la falta de hambre de más títulos, y/o no querer compartir la victoria, probablemente menos frecuente, con segundos y terceros puestos que decepcionarían a los muchos que esperarían que ganara siempre. No es fácil pasar de ganar siempre a hacerlo sólo de manera intermitente o quedarse cerca. La presión por tener que ganar, porque todo sea como ha sido costumbre, puede ser tremenda; la autoconfianza se resiente, y uno ya no disfruta como lo hacía antes.

En este mismo campeonato del mundo se ha destacado que Bolt no mostraba la misma alegría que otras veces. Sus habituales gestos tan simpáticos antes y después de las carreras, esta vez parecían forzados: parte del guión que no podía faltar, pero carentes de la naturalidad de otras ocasiones. Antes de llegar a Londres, había participado en pocas carreras y sus marcas (para él) habían sido modestas. Ya en el campeonato, se quejó de los tacos de salida y se le notó preocupado y más pendiente de ese elemento externo que de mostrar esa confianza que apabullaba a sus rivales antes del pistoletazo. En la semifinal fue batido por Coleman, algo que nunca sucedía antes por mucho que corriera reservando fuerzas.

No obstante, se esperaba que, a pesar de todo, Bolt cumpliera con el guión de volver a ganar y retirarse en lo más alto: el broche de oro a una excepcional trayectoria que en realidad, ya tan laureada, no queda empequeñecida por esta medalla de bronce. Al revés, lo sucedido demuestra que ganar no era tan fácil como parecía, que por muchas cualidades que se tengan, exige esfuerzo, sacrificio y acierto en la preparación y la puesta a punto; que Bolt es humano; excepcional, pero humano.

Curiosamente, Gatlin, el atleta que ha destronado a Bolt en su última carrera, es aun mayor que él (35 años frente a 31), una prueba más de que, al igual que está demostrando Federer en el tenis, se puede alargar la carrera deportiva, incluso al más alto nivel, siempre que se esté bien físicamente y se siga teniendo la suficiente ambición como para soportar el alto coste en dedicación, esfuerzo, renuncia a otros estímulos y tolerancia a la frustración que estar entre los más grandes, exige ¿Perdió Bolt esa ambición? Es lógico que, si fuera así, no quiera seguir y prefiera dejarnos los buenos recuerdos de esas prodigiosas carreras que será difícil superar. Pero es una lástima, porque todavía podríamos seguir disfrutando de sus espectaculares gestas.

¿Y qué decir de la ambición y el espíritu competitivo de Gatlin? Su pasada relación con el dopaje provoca el justificado rechazo por una práctica intolerable que debe erradicarse sin contemplaciones. Una sombra profunda que le acompañará siempre. Los silbidos del público se lo recordaron en los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro y ahora en Londres, donde ni siquiera dio la vuelta al estadio tras haber batido al dios de los 100 metros. La falta fue muy grave, y lo pagó muy caro con cuatro años de suspensión. Podría haber sido de por vida, como muchos apuntan, pero esos cuatro años le han dado la oportunidad de rectificar e ir por la buena senda. El deporte debe ser implacablemente estricto para sancionar a quienes acuden al dopaje, pero también generoso con quienes, tras cumplir una dura sanción, desean rehabilitarse y lo demuestran. 

Gatlin ha estado limpio en los últimos 11 años, y su oscuro pasado no debería eclipsar el indiscutible mérito de superar esa lacra y perseverar sin desfallecer para ser capaz, a sus 35 años, de ganar a Bolt y proclamarse campeón del mundo: el de más edad en toda la historia de estos campeonatos. El propio Bolt, también campeón en deportividad, ha declarado que Gatlin es un gran competidor y no merece esos abucheos del público. Tampoco merece el desprecio de medios de comunicación que quizá decepcionados con el héroe y enojados con el villano por haber estropeado el guión, destacan lo de su dopaje en el pasado más que los incuestionables méritos deportivos de los últimos siete años que ahora le han llevado a lo más alto del pódium.


Chema Buceta
6-8-2017

Twitter: @chemabuceta